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lunes, 9 de noviembre de 2009

Autógrafos de Bryce... Nadroj 1 : Winger -2

Érase una vez, que me fui acompañando a mi primo a la oficina de correos, entramos y juácate, Bryce Echenique pasa por mi ladito, saliendo pa' la calle.

-Ese es Bryce Echenique -dije emocionado y sacudiendo mis uñas (oñoñoy).
-¿Ah, sí? Está de espaldas, no me fijo.
-Sí, es Bryce Echenique -esto último en voz alta para que se enterara la gente de la oficina, aunque a nadie pareció importarle. Hicnorantes.

-Vete a pedirle un autógrafo.

Muy tarde. Se trataba de mi escritor favorito, además de Tolkien, y como a Tolkien sólo lo podré ver cuando vaya al cielo, pues entonces mejor me apresuro a darle el encuentro a Bryce, porque a éste de seguro que en el cielo no me lo encuentro.

Así que ya me iba a darle alcance, pero justo me acordé de que me daba vergüenza. ¡Era Bryce!

-No puedo, -le dije a mi primo- es Bryce.
-Anda y no joas.

No dijo exactamente eso, pero bueno. Me dirigí a la salida. El escritor ya estaba en la calle. Allí se iba, por la vereda, como cualquier mortal. El hombre que parió a Martin Romaña, el hombre que inventó a Julius y a Susan, linda.

-¿Bryce Echenique? -le pregunté, como quien pregunta si ha marcado el número telefónico correcto.
-¿Sí? -Era él. Esa voz de borracho a las 10 de la mañana, ya la había escuchado antes, en la huaca de la Luna, en internet y en la tele. Le pedí un autógrafo, con mucho miedo de que me mandara al cuerno, y casi como súplica.

-Cómo no- respondió. Cómo no, cómo no, cómo no. Pudo haber dicho: "Vete al cuerno" o "Ya pues, qué me queda". Pero dijo cómo no, o sea que, casi y hasta le daba placer firmar mi libro... ejem, digo, mi cuaderno de inglés, ya que no tenía otra cosa a la mano.

Uf, tenía una tembladera de 5 grados en la escala de richter. Aprovechando la procesión que hacía su mano mientras me firmaba: Para Rodrigo Vigo, afectuosamente, Bryce no sé qué y con fecha de barcelona 3, del 11 del 09; yo empecé a decirle que waooo, don Bryce, me encanta mucho su literatura, Martín Romaña es un personaje que uffff, don Bryce, fantástico, increíble, muy divertido. Y un mundo para Julius, que ni qué, gran obra. Y gracias, en serio, por su literatura, don Bryce, muchas gracias.
"Ah, de nada", respondió, parco en palabras, signo de repente de que "a las justas y te estoy firmando el autógrafo".

Y ya me iba con mi autógrafo y rojo del roche, sin estrecharle la mano, pero el escritor sí se acordó y me extendió la mano, y se la estreche y en mi mente me dije: " 'Ora sí que esta mano no me la lavo nunca... (al menos hasta que sea hora de almuerzo)".

Me fui, y lo dejé en paz. Mi primo luego preguntaría ¿por qué no le dijiste para tomar un café o algo así? Era cierto, no se lo dije pero por una razón. Porque yo, al igual que Martín Romaña (y mi viejo): odio molestar.

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sábado, 29 de agosto de 2009

Nadrojito destrujillado y desoctaviado


Otra vez en Barcelona, y no debe tomarse como un: oh, miércoles, otra vez en Barcelona; sino más bien tómese como un : ya pes, otra vez en Barcelona, qué se le va a hacer. Así está mejor y tómese luego, con el paso de los días como un: Chévere otra vez en Barcelona, pero sólo al cabo de unos días.

El viaje en avión tuvo aburrido, suerte que bryce escribió un libro muy bueno y lo puso a la venta hace muchos años antes de que yo naciera, y entonces un señor en trujillo lo compró y luego se murió. Ya muchos años después la viuda no sabía que hacer con el patrimonio cultural de su difunto así que le dio por regalarlo: enciclopedias, novelas, guías turísticas y harto vinilo. Suerte que mi viejo es cachivachero y la conocía a la vieja y se cargó con todo el patrimonio y lo puso en mi cuarto, consiguiendo así que tanto libro junto me diera una alergia de miércoles, por eso durante lo siguientes días en Trujillo fui un mocos machine, eso hasta que me desmayé y como que hubo que ponerle punto final a la cuestión con harta pastilla. La cosa es que entre tanto libro viejo estaba el el hombre que hablaba de Octavia de Cadiz y muy chévere, muchas risas y mucho: qué bestia este escritor para escribir tan bien y tan gracioso, y se nota que es muy listo.

Bueno, ahora tengo que estudiar, pero con este sol, mejor tengo que pensar en Trujillo y justo con estas ganas, por eso tengo que escribir las cosas antes de que se me olviden, porque como quien no quiere la cosa, los detalles se van perdiendo, los diálogos, los recuerodos y las imágenes, pero no puedo porque tengo que hacer algo que no hago y como no lo hago tampoco hago lo otro, y entonces: deja vu.

Y este blog no se muere. Nomás entra en coma.

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jueves, 28 de mayo de 2009

Bryce. Y Tokio Blues.

Se levantó tarde, más tarde de lo normal, y descartó ya de por sí estudiar Derecho por la mañana. Tenía que comprar el libro Tokio Blues y para eso sólo le quedaba ir hasta Crisol y rogar por su descuento, sí, los cinco soles menos que resultaron ser, gracias a la membresía del Club del Libro. Cuando de pronto, se encontró con Bryce, sí, Alfredo, sentadito en una mesa circular, su vaso de vidrio transparente con agua diáfana, y sus cachetes redondos y rojos, por no mencionar a su habitual tweed. Ahí se encontraba, él y una colita modesta de jóvenes oportunos, no como él, que se olvidó por completo que firmaría libros. No pudo más que quedarse mirando, anonadado, a uno de los gordos. ¡Bryce! Le gritaban desde su pecho, mientras su mente no comprendía por qué tanto alboroto, si era un viejecito de sonrisa alegre aunque algo artificial. Algo le decía que todo era artificial, esa forma de bajar los cachetes cuando esperaba por una foto, como si quisiera huir, como si el rostro le pesara. En fin, el pecho pudo más y se dejó llevar, y fue precisamente por eso que no compró un libro para que le autografiase, no, él recordó a Julius, su libro, y se empecinó a resignarse. Su libro, el que había leído, las hojas amarillas que tanto había cuidado y ojeado, era el único que merecía una firma, no cualquiera al alcance de la mano. Muy tímido y lento se acercó a la promotora y le preguntó, lo más educado que pudo. Y sí, le respondieron que Bryce se presentaba esa misma noche, y sí, que se llevara a Julius, con toda confianza. Así que cuando llegó a "Los Corregidores", se sentó en la primera fila de los asientos no reservados (los reservados fueron ocupados una hora después, por mujeres de cabello pintado claro, delgadas y blancas, con sus esposos altos, canosos, blancos, y uno que otro obeso). Listo, ahora sí le firmarían a Julius, dos años después de cuando se negó a hacerlo, en la Feria del Libro, cuando se quedó tercero en la cola y la editora de"..." se llevó a Bryce al avión, lejos del Perú.





De repente, la presentación terminó y Bryce se puso de pie. Ningún anuncio por el micrófono. La gente, sin pensarlo, empezó a caminar hacia el frente, y Bryce que se enceguecía con los flashes, los pedidos, las habladurías en su oído.
Él no se quedó atrás, también corrió a verlo, a tomarle foto, a exigirle que le firmase a Julius, que se lo debía, que no se hiciera el loco.
Y así fue, sólo que no le dijo todo. Bordeó la muchedumbre por el lado izquierdo y se puso en su delante, tendiéndole la mano. Bryce sólo lo miró, tratando de aclarar su mente, y le estrechó la mano. No pudo más. Los reclamos se le olvidaron y sólo atinó a pedirle, entre tartamudeos, que le firmase el libro. "Lo siento, en la mañana ya firmé todos los libros". Fin. Se fue bajando las gradas y se metió en el primer taxi que le consiguieron, a continuar la borrachera que horas antes había empezado. Decepcionado, prefirió excusarlo y pensar que estaba cansado, que la edad, ¡y los flashes! Se retiró a su casa, a leer Tokio Blues: Naoko, Watanabe, Murakami. Norwegian Wood:


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