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viernes, 30 de diciembre de 2011

El tono (dale play)

 He Traicionado Tu Amor (Los Chapillacs y Pascualillo Coronado, El Rey de la Carretera Central) by Descabellado Records

Camilita bailaba bien rico en la fiesta de su tío. Su tío Pocho que había comprado treinta cajas de cerveza pilsen y ahora reventaba su taller mecánico con un potente sonido estereofónico. Qué bonito santo, don Pocho, decía el aprendiz de mecánico, Ingercio, un quinceañero bien achorín. Claro pues hiiiijoo, hip, ¡¡y no va a serrr!!. Recontra legal su tono, patrón, y de los anticuchitos que le ha encargado a doña Melva huuyy, ni hablemos, y del pollito tampoco y ni de la chelita que nunca falta, todo bien legal oiga, más bien... ¿no me presenta usted a su sobrina? Pero don Pocho, ni baboso, se hizo el loco y se quitó por allí  contoneando los hombritos al ritmo de la música, y con la sonrisita bigotona, como quien dice, a flor de piel. Movía también los piececitos con gracia y garbo criollo. Don Pocho se paseaba por su taller comprobando que no faltara nada y que los invitados la estuvieran pasando bien bacanchola. Por allí lo atajó el sobrino borracho, un treintañero perdedor, uno con una narizota que siempre lo precedía a donde quiera que iba. Lo jaloneó del cuello con el ímpetu de los alcoholizados.Tío, venga a tomar con sus hermanos a la oficina, venga, pues tío, estamos en un reventón. Arranca de acá, imbécil, ¿no ves que estoy bailando? arranca nomás, caray. Y le metió su chiquita por atrevido.

En un rincón, junto a un Datsun del 93 sin llantas, el aprendiz de mecánico, Ingercio, le metía letra a Camilita, que por cierto le iba un poco mayor. Veinte tenía la chibola, aunque parecía mucho menor, bajita y con cara de nena. Y así pes, flaquita, le decía mientras bailaban cumbia; tengo mi bochito, bien parado ah, cuando quieras te puedo llevar de paseo a comer tu papa rellena, vueltecita pasito adelante pasito atrás; tus picarones con su gaseosa, ah, lo que quieras tú nomás pide. Y ya si te pones exigente hasta te llevo a comer pizza. Despuntaaa, renacuajo, replicaba Camilita, caderita un, dos, pasito de costado y vueltita con harto sabor; a mi me llevas a La Taberna a comer mi pollo broster o nada. Para comer anticuchos de luca no necesito a un imberbe malandrín pululando a mi alrededor. Tiraba su diccionario la chibola. Ingercio hizo sus cálculos mentales mientras seguían bailando: gasolina más estacionamiento más un pollo broster más su inca cola y etc., etc. Puccha, ni que estuvieras tan buenota. Pero lo estaba.

En la oficina, el sobrino narizón lloriqueaba con el bobo aligerado por la cerveza. Y me metió un cochacho, tíos, escuchen, mi tío Pocho del alma; acá me dolió, acá. Y se señaló el pecho en la parte donde suponía que se encontraba su corazón. Yo siempre estoy allí, tío qué necesitas, qué te puedo ayudar, pero siempre me cancela... Y así lloraba frente a sus tíos mayores. Uno de ellos era gerente de la Backus en Virú. Otro tenía un grifo por San Pedro. No pues sobrino, ya, tú ya estás para irte a dormir. Y se fueron dejándolo solo en el sofá de la oficina, uno bien viejo y grasiento del cual nadie lo movería hasta el día siguiente, ya de noche, cuando el wachi que cuidaba el taller los domingos le dijera, ya pe soly, o te mueves o te muevo, ¿cómo es?

Bien rica sonaba la chicharra. Don Pocho ensayaba unos pasitos picaronescos con doña Melva que, entre tanto humo de la parrilla había decidido pegarse un bailongo antes de seguir asando tanta carne roja. Ahí, ahí, doña Melva. Pegaba sus brinquitos la mujer y don Pocho le meneaba los hombros, se caía de rodillitas y alzaba los brazos en el aire al ritmo de la música. Por allí hasta le metió break dance, chino y bigotudo de risa. Cuando acabó la canción, doña Melva dijo, ay, yo ya no estoy para estos trotes. Y se regresó a sus anticuchos.

La fiesta siguió hasta las cuatro de la mañana, cuando ya solo quedaban los más ebrios de los ebrios abrazados fraternalmente en unas feas bancas de madera. Y en el rincón de siempre, junto al viejo Datsun desmantelado, Ingercio se daba el lote con Camilita. Guapachosa, la chibola, pero de veras. Y el Ingercio más feo que el hambre. Mérito al valor, a la tenacidad y a esa fantástica resolución pirañona que ya quisieran otros imberbes.

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lunes, 28 de noviembre de 2011

La canción-test de Clarita

Clarita solía dar largos paseos por el Eixample barcelonés, particularmente en las tardes más frías y soleadas de diciembre, que era cuando las piernas se le entumecían y los pasos le salían tiesos y patosos, que era como le gustaba caminar.

Escondía el cuello debajo de una bufanda atigrada y, con las manos resguardadas en los bolsillos de la gruesa chaqueta marrón, se paseaba mirando los balcones de los edificios, los diseños de sus ventanas y algunas senyeras; aunque siempre agazapada en su mundo interior, un ático bien adornado con melodías y órdagos enredados en las vigas del techo, aunque abstracto, amoblado con un par de oscuros baúles, un catre enclenque sepultado bajo numerosas mantas tejidas y una ventana amplia que da a un cosmos negro e infinito, con su alféizar y su macetita de gardenia a punto de despeñarse.

Pensamientos tristes, tristes, y luego alegres, alegres. El ático cambiaba de iluminación con una rapidez impresionante, como el día y la noche acelerados en treinta segundos. Clarita padecía de un temperamento bipolar, pero uno de verdad, molesto e inoportuno, no como cuando alguien te suelta de broma: «Oye, hoy me siento muy bipolar, jaja». Imbécil.


-¿Qué te estás estudiando, caramelito? –le pregunta el trotador que, corriendo su sitio, la pesca bien instalada en una banca hermosa que hay en el paso de peatones de la Gran Vía.

-A bichos raros como tú, ¿por qué?

Si algo le activa la bipolaridad a Clarita es que la aborde un palurdo todo sudado y con los auriculares del ipod chillando una música hedionda.

Intercambian sonoros insultos y finalmente el afanador se aleja con el ego reducido y las piernas inusualmente rendidas.



Clarita lee Súper Pop; tiene la mirada fija en una fotografía de Edward, el vampiro, todo blanquiñoso y ceñudo, sacando morrito en plan ¿Quién podría estar más rico que yo? A su lado, la hermosa Bella se aferra con fuerza a su pecho, como si una jauría de hombres lobo los tuviera rodeados. Atrás, por último, se aprecia un bosque de altos y misteriosos pinos, cuyas afiladas cimas parecen querer pinchar a una redonda y enorme luna, que domina un cielo particularmente claro.

La joven, bipolarísima:

-Pero qué tal subnormal, ¿cómo es posible que las adolescentes caigan rendidas ante semejante mongoloide?

-Pero míralo, Clara, mujer… Tú y yo sabemos muy bien que adentro de esa boquita tuya se está gestando la esencia de una salivita simbólica.

-Ay, eso es porque me olvidé el bocadillo, y tan solo con recordarlo…

-Mentira, nena. Yo sé muy bien lo que se cuece allí dentro de ti, en lo más hondo. Yo sé que…

Pero llegó Habichuela.

Un chico flaco y con el pelo negro, aplastado debajo de un gorro andino tejido con lana gris, uno de cuyas largas orejeras colgaban unas bolas de felpa que le conferían un aire tan inofensivo que rallaba en lo absurdo.

Clarita le echó un vistazo apartando apenas los ojos de su revista. El lado accesible de su bipolaridad había ganado la partida, así que, momentáneamente, al muchacho nadie lo mandaría a la mierda sin despeinarse.

-Amiga, disculpa ¿sabes dónde queda plaza universidad?

Llevaba en las manos una caja no muy grande envuelta con papel de regalo rojo, un lazo y una tarjetita.

-No –mintió ella-, ven aquí, chico. Siéntate.

Desplazo su mochila de la banca para hacer un poco de espacio. El chico se encogió de hombros de una manera tan disimulada que nadie podría haberlo notado, acto seguido, se instaló al lado de la joven.

-¿Te gusta la buena música? –preguntó la muchacha, sacando su iphone 4 y unos auriculares blancos de diadema, de alta resolución.

-Hombre, como el que menos.

-A ver, escucha esta canción y dime qué tal… ¿cómo te llamas?

-Habichuela.

-Vale, Habichuela, toma.

El joven se las arregló para montarse los auriculares en los oídos sin tener que sacarse el gorro andino que tan perfectamente le iba a su look. La realidad era que tenía el cabello sin pasar por agua un buen puñado de días, básicamente por el frío y la ausencia de gas en casa.

Adentro de sus oídos un bajo y un teclado setentero empezaron a dar botes armónicos contra sus paredes acústicas. Al rato, se sumó la voz de un hombre y luego la de una mujer, cantando juntos y llenándolo todo con una sensación tibia que aunque entraba por sus oídos, bajaba hasta acumularse en su pecho como una enorme flor de largos pétalos.

Habichuela miró a la chica y vio que era linda, así, solamente linda, utilizando deliberadamente esa palabra tan corta y manida; pero la sazonó un poco:

-¿Sabes? Eres críticamente linda.

Clarita echó una sonrisa muda. Se llevó un dedo índice hasta una oreja y le dio toquesitos repetidos, como quien dice: «Escucha, primero, luego hablas tus huevadas».

You are the sunshine of my life,
That’s why I’ll always be around.

-Ésta no es la versión de estudio –comentó Habichuela, sin dejar de menear la cabeza al son de la melodía.

-Obviamente –contestó la chica-, es de su concierto en el Rainbow Theatre.

-¡Qué crack! -Habichuela parpadeó y empezó verla con ojos renovados.

-Deberías conocer mi ático, está todo lleno de vinilos de Stevie.

I feel like this is the beginning,
Though I've loved you for a million years.

Habichuela se quitó por fin los auriculares y volvió al sonido de la avenida, principalmente dominada por el ruido de los coches y las motocicletas que atravesaban la Gran Vía. De fondo, las voces de los barceloninos, en familia, preparando las compras navideñas o paseando entre los puestos de churros.
Al final, le devolvió los auriculares a la joven. Por allí ensayó una sonrisa.

-¿Vives en un ático?

-Mmm... es difícil de explicar –le dijo Clarita, menos bipolar que siempre.- Quiero hablar de Stevie...

-Fantástico.

-...y de las probabilidades de que conocieras mi canción-test.

¡Clic!, sonó, en alguna parte, un enorme candado abriéndose al contacto de una llave precisa y minúscula.

Antes de contestar, Habichuela recordó vagamente, como con el rabillo de su mente, que tenía una cita en el Starbucks de plaza Universidad. Vagamente, alguien que lo esperaba amontonando bolsitas de azúcar, tamborileando los dedos sobre una mesa. Vagamente, la sombra de un rostro, el eco de una voz y la innegable relación de aquello con la caja envuelta en papel de regalo, reposando a su lado, a un movimiento de vista.
Y, por último, vagamente, el evoco de algún discurso contenido y esperando en la punta de la lengua, tibio y listo.

Pero apartó todo eso de su cabeza y se concentró en la chica que estaba a su lado; Clarita, se llamaba. 
Linda.










Nota irrelevante del autor: mi canción-test es y será siempre From the morning

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lunes, 10 de octubre de 2011

Relato cien por cien barcelonino

Ernest Descals-Pintor

Unos guiris miraban su guía de Barcelona, qué equipados para el viaje, con una guía ya la rompen, definitivamente. Míralos, sabiendo de Gaudí más que los propios barcelonenses. Qué bestia con la información del cuadernito. Su peso en oro, Darling. Sí y se enteran de cosas como por ejemplo sabías que los cuatro primeros ladrillos de una masía se colocaban dos con  una mano derecha y dos con la izquierda, para buen augurio de equilibrio y bonanza. Y mi colega Arnau Palafrugell se rascaría la cabeza con dos dedos de la mano, ni enterado, y eso que sus abuelos ayudaron a levantar Catalunya. Sangre sudor y lágrimas. Le dije: cómo no lo sabías, Arnau!, malditas guías, no hay derecho. Los turistas enterados de cada detalle pendejo que hay en esta ciudad. Que si Passeig de Gràcia en la guerra civil, que si el comte de Urgell en su lecho de muerte en su castillo. Que si Gaudí muerto por el tranvía (esa sí que me la sé). Y van felices de la vida por las ramblas, los guiris. Claro que su guía nuevita y reluciente nunca les dijo, por ejemplo, que por las ramblas hay un gran surtido de carteristas. De todas las nacionalidades y credos. Y luego se tienen que pasar media mañana en una comisaría del casco antiguo sentando una denuncia de robo, mitad en inglés, mitad en castellano. Darling, fucking guide. Thieves in las Ramblas, that’s a basic fucking tip! Y más respeto que los abuelos de Arnau levantaron esta fucking ciudad, y ni les cuento, guiris, que en sus tiempos había pistoleros por las calles, rollo wild west, y asaltaban las diligencias y luego mataban al gobernador, disparándole a quemarropa, porque, ya que estamos, también eran anarquistas militantes de unos apasionados partidos. Y al cadáver ni le robaban ni nada, porque el acto de matar políticos es, con todo, una de las cosas más políticas que existe. A lo mejor se cobraban las balas y el heno de los caballos, nada más. A lo mejor. Pero tiempos revueltos aquellos y ni si quiera hay que remontarse mucho. Menos de cien años, chico. Cuando los abuelos de Arnau estaban por allí derramando sangre, sudor y lágrimas por doquier. Incluso los cogieron de prisioneros durante la guerra civil, malditos falangistas y los tuvieron meses, días y noches espantosos en una celda con ratas y un poco de paja y una ventanita en lo más alto de la pared, donde de noche la luz clara de luna se proyectaba sobre el piso de la celda y, ya que estaba, invadido por la nostalgia uno de los abuelos de Arnau se ponía a rememorar sus años de chico cándido correteando por la masía de su padre, trabajando la tierra, yendo a la escuela para ser un hombre de bien y, los domingos en Barcelona, habiendo viajado un día a caballo, desde Lleida, se veía entrando a la tienda de las golosinas. La gloria. Con tantos chuches se le hacían los ojos como platos, al chavalín abuelo de Arnau. Compraba una enorme paleta de fresa y se iba a corretear por la incipiente plaza Catalunya, entre las palomas. Cuando las palomas eran guays, por supuesto. Es decir, hace mucho tiempo. Porque ahora no me parecen más que una bola de parásitos con alas que no lo dejan sentarse a uno en su banca preferida cada vez que va con su libro a leer, sintiéndose de lo más culto. 



Pero no nos apartemos del tema. Los recuerdos despiertan la nostalgia en uno de los abuelos de Arnau y así se lamenta: “mala sort la meva, noi, quina mala sort”.  Y, como lo escucha parlar en catalán, el carcelero va y le cruza la cara con un certero puñetazo. Tremendo hijo de puta, el carcelero. Y más todavía el Gran Hermano de Franco, que se lo ordena desde algún lejano frente de guerra. Afortunadamente los abuelos de Arnau (que por entonces eran amigos y no sabían que sus hijos se casarían y engendrarían a su nieto) logran escaparse de la celda una noche, producto de un plan elaboradísimo que entre otras cosas incluyó ganarse a las mujeres de los guardias y agenciarse con serruchos, martillos y cinceles camuflados en sendas tartas de manzana y calabaza que las catoliquísimas mujeres les ofrecieron por caridad. No. Eso sí que no te lo creo, chico. Pero qué va. Seguro que los abuelos de Arnau les dieron trámite. Si sabes lo que quiero decir. Eran un par de pícaros. Aunque no sé cómo, la verdad, porque esa parte, y la del viaje de retorno a la querida Catalunya, es de lo más oscura e imprecisa. El abuelo de Arnau no me lo quiso contar, malvado. Me dijo: “Peruanito (con cariño) hi ha coses que me les portaré a la meva tomba”. Y allí se jodió mi novela. Yo creo que en el fondo no me quiso ceder los derechos, especialmente cuando supo que más que comprarlos, yo los quería en calidad de préstamo. Y Arnau me dijo: pero si tengo al otro abuelo. Y yo le digo: tío, que el otro tiene Alzheimer. Me tiré cuatro visitas de dos horas en el geriátrico, en plan García Márquez, y al final no le saqué más que disparates. Y luego de un mes voy y le digo a mi colega: Arnau, pero aún puedo escribir la novela con tu nombre. Sólo saca de la caja fuerte las memorias inéditas de tu abuelo. Y el maldito de Arnau que va y no me contesta el correo electrónico y una semana después sube al facebook fotos de sus vacaciones en Bruselas con un montón de gente guay. Sangre, sudor y lágrimas, tachando, claro, la primera y última palabra y dejando bien recalcada la de en medio. Sudor. Qué bestia Arnau para bailar con esa chica recontra uff en sus fotos del facebook. Debía hacer muchísimo calor. Sudor, sudor, sudor, sudor. Oye y si algún día te visitan en la ciudad, porfa, diles lo que no dicen los libros turísticos de Barcelona. Diles que en las Ramblas hay carteristas, tío. Que a los pobres guiris esto nadie se los cuenta. Benditas guías. Y luego se tienen que pasar media mañana en una comisaría del casco antiguo sentando una denuncia de robo, mitad en inglés, mitad en español. Como éstas que están a mi lado, por ejemplo, esperando el metro como yo. Seguro que tampoco nadie se los ha dicho. Y eso que se ven de lo más simpáticas.
-Excuse me, sweetheart. Has anyone told you that there are thieves in las Ramblas?

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lunes, 3 de octubre de 2011

cuaderno


Antes de que venga nadie termino de escribir mi diario. Me gusta registrar cada día en la quietud de mi habitación, en silencio y oscuridad, que es cuando mejor me salen las palabras. Así, aunque haya poco que contar, me extiendo en reflexiones y divago hasta que lleno un buen número de páginas. Tantas que este cuaderno está a punto de acabarse. Y cuando lo haga, no sé donde lo dejaré. Tengo tantos que se me pierden. Aparecen y desaparecen debajo de los cojines del sofá en el salón, detrás de una repisa en la cocina, en el desván, en una caja llena de telarañas, tengo muchos, algunos están a salvo en la biblioteca, otros nunca los volví a ver, un par me los robaron y al cabo de una semana aparecieron deshojados y arrugados, deslomados, sucios y esparcidos frente a mi puerta. Me gusta pensar que fue Elena. Me excita muchísimo imaginarla sujetando mis cuadernos, con sus ojos seductores metidos en mis páginas, susurrando cada palabra; aunque luego siempre termino por descartar la idea. Sea como sea no conozco a nadie que lea en inglés, que es el idioma en el que escribo. Escribo en inglés para que nadie me lea. Al fin y al cabo, un diario es un diario. Personal.

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lunes, 6 de junio de 2011

¿Un champancito, hermanito?

Título de la entrada en alusión a un sesudo artículo escrito por MVLL donde el tipo se devana los sesos dándoles vueltas a la facilidad que sus compatriotas tenemos para la huachafería.





Ella tenía unos ojos azules para morirse y un misterioso gin tonic en la mano derecha, en alto, como respirando. ¿Los gin tonic también respiran o eso sólo es con el vino? No lo sabía, pero el caso es que esa bebida seguía bien alta, de lo más interesante e insolentona. ¿Cómo un gin tonic en alto puede resultar tan ofensivo? A saber. Era algo que no terminaba de descubrir, aunque sospechaba que en ello algo tenían que ver los ojos azul caribe para morirse de aquella chica. Morirse literalmente, y ahogado para colmo. Digamos que le daban muchas ganas de que fuera domingo y él dispusiera de un botecito blanco en el que salir a remar y perderse en esos encantadores ojos caribe, a muchos metros de la costa, bien lejos de España. Aunque el mediterráneo tiene mucho de azul, pero manchosito. Se ve desde el avión: un azul inmenso mancillado por formas oscuras que subyacen sobre la arena, oscureciendo la superficie marina hasta niveles desilusionantes. Por eso el símil de sus ojos no procedía con el mediterráneo.


Ella le dijo: “Me lo preparé con ginebra Bombay Sapphire, ¿sabes?”. En su mente, bien peruano, él contestó: A la mierda. Como diciendo: “No tengo idea de qué se le responde a eso”. Así que, sin tener otra opción, procedió a fastidiarlo todo: “Lo cierto es que de cerveza nunca he pasado en toda mi vida, Marta”. Y como si no hubiera sido suficiente, añadió: "En Perú hay gente que nace y muere sin haber probado en toda su vida un solo gin tonic, es más, sin siquiera haber tenido uno en cien metros a la redonda".

Pero mentira, eso de que de cerveza nunca había pasado. Sucia mentira. Bien que muchas veces se había volado la cabeza a base de tanto beber vino de cartón Don Gato, llegando incluso hasta el punto de ponerse a bailar solo. Varias veces su cuerpo convaleciente, tras la vomitada respectiva, le había dicho: “Con el vino Don Gato no se juega, mi cholo”. Tremenda basura el vino de cartón. De lo más vulgar que uno puede concebir, además del cañazo, pero eso es en Perú, y con el cañazo no te metas.

Marta le sonrió eternamente, y sus ojos marinos le dijeron: “No me he ido como alma que espanta la simplonería, nada más porque tienes un buen puñado de cosas que me encantan”. Y se quedó allí con él, amándolo mientras le explicaba, peruano idiota, en qué consiste un gin tonic y qué rayos es un Bombay Sapphire (marca cara de ginebra).

Y en vez de callarse, él dijo: “¿Marta, no te parece un poquitín huachafo ponerle Bombay Sapphire a una marca de ginebra?”.

La chica le respondió maternalmente que en realidad ése era un nombre divino. Y él asintió para siempre, ignorándolo todo sobre los misteriosos mecanismos del buen gusto.
Idiota.

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domingo, 29 de mayo de 2011

Relato de 6 partes





1
Ella lo descubrió en los primeros días de agosto. Su visión aguda y traspasadora reparó en él casi al instante. Pensó, si el destino quiere… luego cayó en la cuenta de que nunca nadie podía saber nada acerca del destino. Aún así se hizo leer las cartas en una bruja. No está claro si el brillo de sus ojos la traicionó. El caso es que ni bien entró a la casa de la adivina, ésta le dijo: “Estás enamorada”. Y ella asintió con toda la emoción del mundo. Luego la mujer añadió: “Por veinte soles, he aquí el plan”.

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lunes, 11 de abril de 2011

Wild east (otra historia sobre moverse en el mundo)

El cuartito de María era así, uno vacío casi con un colchón bien limpio con sus sábanas de flores. María oliendo a agua de colonia, de a litro. Rica. Tenía doce libros, los mismos de toda la vida, el resto de su vida en su cuarto en el último piso de un edificio desangelado, grisáceo, en la calle Colima, o sea bien alto, antes de llegar a la iglesia, como a medio camino. 

Me freía dos huevos y pescado, cuando tenía, porque había días en que llegaba y nos pasábamos una tarde con dos soles de pan. Qué calentito y veraniego era bajar a la panadería y comprar dos soles de francés, a las seis de la tarde, un poco pasadas. Cuando a esa hora el sol caía sobre el mar, se apagaba en rojo, horizontalmente e incendiaba el cielo y sus nubes rasgadas bien alto, prendía un incendio bestial, mira, María, no me negarás que es el cielo más hermoso y rojo del mundo. María me decía: ¿tontito, cuándo te irás de mi cuarto?, ¿cuándo dejarás de aparecerte en las tardes más inconvenidas? 

En el fondo ella quería desaparecer. Desaparecer de toda la gente y ser vista lo mínimo. Por eso se había venido a este puerto tan venido a menos, porque un día, María, había salido de La Floresta, en el este, y había llegado al borde del mundo, de nuestro mundo, pero no había querido ir más lejos. Aquel edificio le bastaba para vivir al margen de las noticias, la gente y los pensamientos. 



Yo llegué casi igual que María, solo que con el corazón en fuego, saltándome en el pecho, desde el este también, pero más allá, desde el otro lado de las montañas, donde se extienden las llanuras verdes y no hay necesidad de barcos. Vivía con mi madre y mis hermanos en una cabaña de barro, limpia y acogedora, con la lumbre siempre encendida y encima una olla negra de leche de cabra. 

Vivía con el corazón en fuego a partir de una noche que soñé con un cielo negro. Al despertar, casi me mata la fiebre, la pena y la angustia. El corazón en fuego, y no llevaba camisa, y tanto que hasta sudaba lo que bebía. Por fin, un día mi madre vino del meandro, donde se forma un pantano espeso que cubre el mundo. Me dijo: pregunté al dios, tu corazón extraña el oeste. Y yo la miré a sus ojos grises, mi madre arrugada y consciente de que no conozco más lugar que el suyo. Ella te mira, sus ojos se mojan y vibran, ella palidece, y tú la ves esperando que la primera lágrima abra al campo sus mejillas y corra luego su tristeza. Pero ahí se queda todo. Luego sabes que el dolor siempre lo llevara en el pecho. No con fuego, sino con hielo. 



A diferencia de María yo no puedo vivir en el margen del mundo, tengo que seguir hacia el oeste, que mi corazón vuelve a quemar, ya no con fuerza, ni con fiebre. En este puerto, el llamado es más leve, golpea raras veces como un eco, más bien, antes que como el dolor de antaño. Se que nunca me quedaré aquí. Un buen día saltaré al mar, con nave o sin ella y nadaré hacia la línea que separa el océano del cielo. Hasta entonces, alargo el llamado en el cuarto de María, conversando de libros que ella lee, de sueños que ha tenido… Le cuento las pecas. ¿Por qué te cortaste el cabello? Tiene unas greñas desiguales y castañas. ¿Y por qué sales tan poco? En este edificio grisáceo y desangelado casi nadie la conoce. Casi nadie se pasea por aquí. Casi nadie vive en el pueblo. A veces María no quiere contestarme a nada de lo que le pregunto, aunque ella dice que sí que lo hace. Con la mente, con su mirada eterna (porque cuando la miro parece que nunca se fuera a morir), me dice ella: te hablo, pero no me escuchas. Y yo le digo con la alegría encogida: quiero, quiero, quiero, mujer. Pero nunca tengo idea de lo que me dice cuando me mira a los ojos. 

Tengo miedo de que ella pierda la voz y nunca más sepa lo que me dice, sé que es tonto, pero puede pasar, en especial en un lugar como éste, donde no hay nadie que te pueda prestar auxilio si te ocurre algo. Si se quema el cuarto, si se incendia mi pecho un buen día por tanto quedarme en el este.
María me apremia. Vete en un bote cualquiera. Tiene que ser un velero, María, le digo. Un velero o nada. Nada, entonces, me dice ella con un juego de palabras: nada bien lejos, que no me dejas desaparecer. Entonces me enojo, aunque la amo con fuerza, a veces me enojo: largo, desaparécete tú sola. Y me marcho otra vez de su cuarto, pensando que en el muelle encontraré amarrado un velero blanco y reluciente, para mí. Pero no hallo más que vulgares botes pesqueros, a remos o a motor, salados, toscos y despreciables. Imposible cruzar el mar en ellos, moriría como debió haber muerto el viejo de Hemingway. Solo, en medio de la nada, con una nave a la deriva, la espalda desnuda y picada por la sal. Ése sería un lógico final. Solo que yo no moriría seco, sino consumido. 

Como hago siempre que me canso de todo, me desabotono la camisa, botón a botón. Me gustan las camisas de manga corta y con diseños de cuadros azules y celestes, por algo será. Me la quito y examino mi pecho desnudo, flaco y pálido. Palpo encima del corazón. Quema poco, no como antes. Es un eco de calor, manso, inofensivo porque nunca me quedaré en este lugar. No importa cuanto ame a María. El día que decida quedarme acá, el corazón se me encenderá en fuego rojo (como el cielo al atardecer), abrazará mis entrañas y moriré consumido por la llama de un deseo extraño, que no sé quién puso en mi corazón.

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sábado, 26 de marzo de 2011

Wild east

relato de 10 páginas resumido en un poema



Sin querer, la vi llegar
su brillante luz, empañada en ilusión...
y le dije, vengo del este, buscando marinos.

Ella me dijo, ¿te sorprende lo que has encontrado?
este puerto estará vacío para siempre.

Y le dije: pero hoy la tarde está increíble
y quiero embellecerte más, aún.

Aunque ella pasa las noches con un fantasma del oeste
un tipo triste que también la ama,
durante la vigilia.

Lo conocí, era Coleman: ¿cruzarás el mar por ella?
dame las coordenadas, dijo él, para que la vida continúe.

Con una condición, repliqué
¿acaso me sorprende?, habla.

Que me dejes volver en tu nave.

Y él me dijo: que dure lo que dure,
lo real.
Le respondí: y que dure lo que dure,
tu ficción.

Así, Coleman vino del oeste, al este
para vivir también
el día.

Ella lo recibió con un beso
increíble.

Luego yo los dejé
y vistos desde el mar,

eran dos puntos en la playa
tratando de fundirse
irreversiblemente.



muchas frases sacadas de:

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sábado, 19 de febrero de 2011

Song story

Vamos pasando el sábado con un relato surrealista en forma de canción, al estilo Bob Dylan:


 Song bob dylanesca by nadrojj 


Lyric:
Voy caminando en medio del desierto / hay solo arena y se me pasa el tiempo
tengo los labios rotos, y la consciencia mala / no sé si aguante hasta la próxima semana 
pero de pronto veo, un edicio alto y ostentoso / me pregunto ¿será un espejismo?, aunque no soy supersticioso,
me acerco pronto, tengo mucha sed / toco el timbre y el portero me dice: 
"buenos días tenga usted".

Adentro hay fresco, y mucha gente trabajando / en escritorios y entre ellos platicando
yo les pregunto qué hacen en medio de la nada, no es habitual / y ellos me dicen: "somos una sucursal".

Opino que es muy raro, bueno díganme qué venden / por aquí no hay nada muy comercializable
ellos me dicen: "claro que lo hay, vendemos arena / tío, esto es muy obvio, y nos tienes que pagar"
les digo una **** y me vacío los bolsillos, / los dos zapatados, y hasta por dentro del fundillo
y les informo que me pegaré un duchazo, ellos me dicen: / "al fondo del pasillo hay un buen baño"
me enjabono y bebo mucha agua, / estoy saltando de alegría esto es como un nirvana
y ya saliendo alguien me extiende una boleta / "son tres mil euros ¿efectivo o tarjeta?"

No puede ser, si no llevo dinero / y uno me dice: "así me pasó en febrero
porque esto tiene intereses, y el sueldo ya es muy bajo /y no te olvides que el alojamiento aquí es muy, muy caro"...
el otro dice: "a mí me pasó en noviembre, / y aquí te quedas trabajando un poquito para siempre".

Cuando la nada pertenece a una multinacional, /no hay nada que podamos hacer para no empeñar
nuestra vida y libertad.

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martes, 15 de febrero de 2011

episodio san valentinesco



La última vez fue una noche en el parque mansiche, como siempre. A las once, él trepó como de costumbre por las rejas oxidadas que dejaban en sus manos partículas mugrosas de pintura oscura. Se encaramó sobre el enrejado, a dos metros de altura. Frente a él se extendía el parque Yonel Arroyo, nombrado así en honor al niño héroe; aunque la gente solía referirse a él como el parque mansiche. Las luces pobres de los postes iluminaban apenas lo justo para que uno viera por dónde se movía y pudiera distinguir las sombras que a esas horas los árboles anónimos echaban sobre la grama. Si uno caminaba ahora por allí, podría sentir el olor a barro y hojas verdes y, muy fino, casi sin notarse, el olor de las pocas rosas que crecían en algunas parcelas pequeñitas. 

Tomás, trepado todavía, pasó una pierna primero y luego la otra, cuidándose de que los pantalones no se le quedaran enganchados en los filos de las barras de metal. A un metro del suelo, pegó un salto para atrás y aterrizó sin problemas sobre el camino de cemento que más adelante se bifurcaba hasta alcanzar los rincones más alejados y oscuros del parque mansiche. 

Estaba guapo. Se había peinado con el cabello desordenado, tal como le gustaba desde que había empezado a leer las novelas de Harry Potter. Antes de continuar, se acomodó la elegante camisa verde petróleo, asegurándose de que ésta le cayera de forma casual a la altura de las caderas. Revisó sus jeans, azules y blancuzcos, y los encontró en su punto perfecto de suciedad, ni muy muy, ni tan tan. 

Mientras seguía uno de los tantos senderos, atravesando la desolada canchita de fútbol a su derecha y los sube y baja a la izquierda; miraba a su alrededor la noche y podía saborear, con algo de tristeza, la última emoción. El último latir fuerte de su joven corazón, preparado para el amor incierto. Dejaba atrás uno, dos, tres árboles oscuros; pasaba por una parcela de tierra en la que se había instalado un juego de barras para colgarse; seguía y ahora dejaba atrás un jardincito con sus pocas flores arrancadas, seguramente, aquella tarde por los chicos del barrio. 

Se apresuraba, pronto llegaría al árbol de detrás de la cancha de básquet. 

Comprobó sus bolsillos. Escuchó las monedas tintinear. Seis soles. Los últimos seis soles de la última noche. Ya se había hecho a la idea. No tenía remedio. A pesar de que lo había intentado todo para persuadirla, hasta se le habían humedecido los ojos en su delante; Verónica había seguido diciendo que no, alta y bonita, delante de Tomás, con su cartera pequeña en la que apenas podía meter una mano. ¿Qué tanto guardas allí, Verónica? Caramelos, había dicho ella. Hace frío, Verónica. Yo no lo siento, Tomás, yo nunca siento el frío, ni los besos ni las caricias, había dicho ella. ¿Por qué? Porque así lo he decidido, cielo y déjate de preguntarme más cosas. Luego, Verónica había retomado la conversación. Que la próxima sería la última vez, Tomás, la despedida. Que una cosa era con adultos, otra muy distinta con niños. No me puedes seguir pagando para que sea tu novia, entiende, corazón. Ay…y encima la culpa es mía.

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jueves, 20 de enero de 2011

fragmento

Mientras tanto Rebeca continúa la carta escribiendo sobre su mano. Es una carta para ti, Pipe. Te amaba como loquita. Pero se le acaba la mano y sigue hasta la muñeca, escribe y escribe, hasta que tiene que subirse las mangas del suéter y continuar, porque una vez que ha empezado ya no puede detenerse, ¿sabías? Era una obsesión para ella, o tal vez un vicio, porque no sabes el placer que le daba escribir cartas de amor que nunca enviaba. Y se queda tan absorta, que alza la vista, y el director del colegio lleva como cinco minutos observándola. ¿Qué tanto escribe, Rebeca? El hombre rodea el escritorio y se detiene al lado de la muchacha. Muéstremelo. Pero la joven se niega. No, no es nada que le importe, señor director. Claro que me importa, a ver ese brazo. Rebeca hace no con la cabeza y aprieta los labios rosa. El director insiste, bajo la amenaza de suspensión por una semana. Rebeca cede. Muestra la palma de la mano. Toda llena de texto. Gira la palma y enseña el dorso: hasta los dedos. Cielo santo, hay letras hasta en el meñique. Rebeca se arremanga el suéter y el texto asciende en una línea inacabable hasta llenar todo el brazo, incluso el codo. No hay ni un punto y aparte, todos son puntos y seguido, y apenas hay comas. Aquello parece una confesión desesperada, capaz de dejar sin aliento al lector más osado. En fin. Se trataba de la carta que te escribía, Pipe. Llenecita de amor hacia ti. Porque aquella era una edad tan enamoradiza para Rebeca. Catorce años, tan lejanos ahora que toneladas de días han venido a caer sobre nuestras vidas. Mira incluso, que este recuerdo de lo que me contó Rebeca, no sin amor, lo vengo a desempolvar hoy, que has venido a que te cuente todo lo que sabía sobre ella…

(read the complete short story here)

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Filtro


El tiempo pasa, y en cada segundo se estanca en el aburrimiento que es como un filtro que difícilmente deja pasar a los segundos y estos tienen que agruparse en minutos para lograr llegar al otro lado. El tiempo pasa de minuto en minuto, y en medio Ruiz se desarma en su carpeta, se acomoda incómodamente, y la voz del profesor invade el espacio, resuena y resuena, mientras el filtro sigue incólume.
De la nada el silencio cae y Ruiz está de pie. Sus pasos lo llevan hacia el frente mientras el profesor lo mira con paciencia. Todos le observan, con la mochila al hombro a un metro del profesor.

- Me tengo que ir -dice escuetamente Ruiz.
- ¿Cuál es el motivo Sr. Ruiz? -pregunta el profesor.
- Me siento mal.
- ¿Tiene algún dolor? Está sudando.
- No tengo nada físicamente, sólo déjeme ir.
- Si no me da una razón válida va a tener que regresar a su asiento Sr. Ruiz -dice el profesor, apretando las mandíbulas.
- ¡No puedo quedarme un minuto más aquí!...el filtro es muy potente.
- ¿Cómo?
- El filtro. El aburrimiento, no deja pasar el tiempo, no puedo respirar, me desespero y sudo.
- ¿Qué quiere decir?
- ¡¡Que me voy porque usted me aburre!! -grita Ruiz.

El profesor lo mira tratando de contenerse. El salón entero ríe.

- Disculpe, no pude decirlo de otro forma -dice cansado Ruiz-. ¿Me puedo ir entonces?

El profesor se saca los lentes, junta las manos, y dice:

- NO.

Ruiz lo mira.

- Ok. Pero no le prestaré atención.

Regresa a su carpeta y empieza a contar los minutos. El filtro es más presente. Minuto. Minuto. Minuto.
Luego se da cuenta que el filtro se desvanece si escribe algo. Siempre se pierde en el tiempo mientras escribe.

Saca su cuaderno y escribe esto.

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miércoles, 27 de octubre de 2010

Los sedantes los consiguió con receta de su psiquiatra



Le tocaban la puerta. Ya voy, ya voy, caray. Le tocaban con insistencia. Que no hay prisa, tienen toda la noche, por la gran flauta.
Abrió recontra asado.
“¿Truco o trato?”
Una panda de infantes con los más variopintos disfraces estaba instalada en su jardín, frente a su puerta. Dos spidermans, una mujer maravilla, un Jack Sparrow y tres payasitos. Más lejos, a la altura de la verja, Mía esperaba fumando un cigarrillo. Cruzada de un brazo daba pitadas lentas y soporíferas, luego expulsaba el humo que casi no se veía, disimulado entre tanta neblina que había aquella noche.
Pánfilo Chávez tomó la bolsa de caramelos que había en una mesita junto a la puerta.
“Hala, mocosos, ahí tienen su droga”, decía mientras lanzaba puñados de golosinas como quien tira granos de arroz a las palomas. En realidad lo hacía todo como un autómata. Los ojos desorbitados, los dientes delanteros grandes y salidos. Parecía loco.
Por su parte, los niños se alborotaban. Le pisoteaban el jardín en el afán de recoger caramelos de limón y chicha morada, gusanitos de goma, huevitos dulces y granadas de chocolate. Mientras Pánfilo, en realidad, tenía la mirada clavada únicamente en Mía, lejana, distante. Mía, tan ajena esa noche de brujas como cualquier otra noche.
Tiró el resto de la bolsa al aire, dejando a los niños abalanzarse sobre los caramelos esparcidos en pleno vuelo. A cámara lenta. Saltaban, daban manotazos, sonrisas chimuelas. Extendían las extremidades en medio de una lluvia de chuches multicolores.

Hola, Mía. Mía por siempre.
No me hace gracia, Pánfilo.
¿Quieres ir a ver una peli?
Tengo que cuidar a los mocosos.
¿Oh, pero si no tuvieras que, saldrías conmigo?
“Por supuesto que no, engendro”, pensó Mía, pero qué rayos. Una mentira piadosa:
Sí, claro, no he hecho planes.
Excelente. Su mirada de contento era un tanto perturbadora.
No lo había notado, pero últimamente estás un poco raro, Pánfilo Chávez.
Así me han dicho.
Y ya no se te ve tanto por el barrio.
No, no salgo mucho a la calle.
Desde aquel colapso que tuviste hace como…
Ya, ya estoy curado.

En el barrio, aquella noche silente soplaba con un viento frío. La luna llena asomaba majestuosa y blanca entre dos nubes grises y esponjosas que no se apartaban nunca de su lado. Tres calles más arriba, otro grupo de chiquillos correteaba por la pista vacía. Algunos jugaban con los aspersores de un jardín muy grande, mientras otros se sentaban sobre el pasto examinando su botín.

¿Y qué película quieres ver, Mía, por siempre mía?
No es gracioso. Y ya sabes que no puedo, Pánfilo.
El joven se encogió de hombros:
Pero si ya no tienes que cuidar a los niños.
¿Qué me dices?
Sí, míralos. Están todos tiesos, tirados en mi jardín. Puse pequeñas dosis de barbitúricos entre los caramelos que les administré. Tienen para cinco horas allí, todos como estatuas. La noche es nuestra, Mía, por siempre mía.

En efecto, los críos estaban todos desparramados por el jardín, sedados en diferentes posiciones. Los más gorditos y grandes todavía no asimilaban bien la dosis. Movían las mandíbulas y trataban en vano de gesticular. Pronto se quedaban dormidos, con un hilo de saliva bajándoles por la boca.

¿Pero qué has hecho?
Mía se tomó la cabeza con las manos. ¡Tarado!, iba de niño en niño, ¡mongolo!, los examinaba, ¡animal!, comprobaba sus respiraciones. Volando, entró a la casa de Pánfilo para llamar a una ambulancia.
El joven se quedó afuera, contrariado.
Aún no me has dicho qué peli quieres ver, se quejó.
Tenía esos ojos desorbitados y esos dientes delanteros exageradamente grandes… 

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lunes, 25 de octubre de 2010

Claire


Claire despertó bruscamente, con una punzada de frío tras aquel primer grito. Pero fue al segundo que creyó que era real. Alguien llamaba a través de la reja, golpeaba desesperadamente los fierros oxidados que día a día se juntaban con la arena del suelo. Cuando llegó sudada a la puerta de entrada, creyendo que Fermín había enviado a alguien a esas horas de la noche, pensó que sólo de lo peor se podía tratar. Si no le hubiera resultado extraño el hombre que la miraba a través de los vidrios inexistentes, inmediatamente hubiera salido corriendo tras él.

- Sí, diga –dijo con toda la determinación que pudo. “Muéstrate valiente”.
- Estoy con fiebre, y aún estoy a medio camino de a donde voy…

Incluso en la oscuridad, el hombre no podía disimular su malestar. Tenía sudor en la frente, y se apretaba las muñecas una y otra vez. Aun así, sonreía al hablar.

- Tiene mucha fuerza para tener fiebre. Casi me quedo sin alma a causa de sus golpes.
- Siempre he sido muy fuerte –sonrió el hombre-. Pero me temo que para el amanecer alguien me encontraría tirado al pie de un árbol, devorado por lobos.
- Le duelen las muñecas –era lo que más le inquietaba. “Quizás llevaba esposas”.
- Sufro de los huesos y con este frío… -la miró cauteloso, leyendo en sus ojos el motivo de su miedo-. ¡¡Usted cree que soy un criminal y que me he escapado!! –exclamó divertido-. No, no, mi lady, mire usted mi piel, si me doliera a causa de esposas mi piel seguiría al rojo vivo. Yo sólo tengo fiebre –y acercó la frente entre la reja-. Usted quiere pruebas, tóqueme.

Claire posó su mano, y descubrió no sólo que el hombre ardía en llamas, sino que llevaba buen tiempo sin poder asearse. Aunque no lo mencionó.

- Mis costumbres me obligan a auxiliarle, espero que usted sepa valorar eso –dijo de memoria la fórmula antigua, aunque sabía muy bien que era inservible-. Entre.

Le abrió la reja y el hombre se deslizó, suave y débil, volviéndose a cada paso que daba, más pálido de lo que ya era.
Cuando terminó de prepararle un sitio cerca al fuego, le preguntó si necesitaba algo más.

- Quisiera bañarme.
- Está con fiebre, no es lo mejor.
- Es curioso que recuerde la fórmula antigua y se haya olvidado de todo lo demás. El agua fría nos calma un poco.
- ¿Qué fórmula antigua? – “Dios, ¡¿qué he hecho?!”
El hombre sonrió y prosiguió.
- Necesito bañarme, usted comprenderá – y con su mirada lo dijo todo. Esa mirada ámbar tan deliciosa, se tornaba color rojo sangre ante sus ojos, con tanta facilidad como se expande el vino derramado sobre el mantel.

La muchacha profirió un grito y cayó de rodillas, con la cabeza sumisa en dirección al suelo, vigilando los pies del hombre, rezando para que no se moviera.
El hombre soltó una risotada, tan grotesca y despiadada, que Claire pensó en un instante que se desvanecía. “Tiene que funcionar”.

- Me sorprendes… –el hombre comenzó a andar en círculos alrededor de ella, que seguía arrodillada y con la cabeza gacha-. Primero la fórmula antigua, y ahora el círculo de protección del sumiso. ¿Cómo sabes todo eso? –preguntó divertido.
- Por favor vete…
- No puedo…estoy intrigado. ¿No entiendes? Conocimientos tan valiosos, ¿cómo llegaron a ti?
- También desciendo de vampiros.

El hombre se detuvo en seco.

- Pero no eres vampira –la acusó.
- No.
- ¿Cómo es posible?
- Haz el amor con una mortal y tu hija lo hará posible.
- ¡¡Está prohibido!! –gritó escandalizado.
- Como está prohibido matar a alguien que te recibe con la fórmula antigua, como está prohibido romper el círculo del sumiso –respondió gimiendo-…Pero dime…si es así, ¿por qué sigo temblando? –empezó a llorar.

Una chispa de luz aclaró el tono rojo sangre de sus ojos:

- Porque toda regla puede ser rota, y cualquier vampiro puede ser maldito…

Claire no dijo nada. No tenía más armas, “sólo la esperanza de todo ser mortal”.

- Siempre quise ser maldito –dijo riéndose.

Lo último que supo Claire fue que el fuego se apagó y su cuerpo cayó sobre el suelo, mientras su mente luchaba por no perderse. “Prefiero morir”.

La oscuridad reinó.

Cuando despertó, seguía tirada sobre el suelo de madera, ya había amanecido y el vampiro se había ido con la noche. No la había tocado. Sus vestidos estaban intactos. La había dormido. La había asustado y se había retirado. No podía odiarlo, no le había hecho daño. Cuando salió a la puerta, ésta seguía cerrada con llave. “No fue un sueño. Desperté en el piso”. Buscó alguna señal, algún indicio, una huella. Pero el vampiro había borrado sus pasos con la misma sutileza con la que entró. “La única huella que dejan es la de su mordida”, recordó las palabras de su madre, e instintivamente se tocó el cuello. Nada. ¡Nada! Salió corriendo de felicidad, hacia la acequia que pasaba por detrás de su casa, y se arrodilló para lavarse la cara. Casi cae de bruces al agua. Un dolor intenso le cruzó la entrepierna. Desesperada se tiró al agua y se desnudó echada, como pudo, casi inmovilizada por el dolor. Primero tanteó con sus dedos su zona íntima y sintió algo tibio que le brotaba. “Sangre”… “me penetró…”.

Cuando acercó la mirada a sus partes descubrió que era algo peor. Dos orificios rojos sobresalían de su monte de Venus.

“Éste es mi último día como mortal”.

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martes, 19 de octubre de 2010

Él sólo quería 50 euros para su Kindle


El joven sólo necesitaba cincuenta euros más para comprarse un kindle, y los necesitaba ya porque el dinero en la mano se le iba chorreando en forma de cositas sin importancia y en su enamorada y ropa. Miércoles, hasta que, no sabe cómo, por culpa del amigo de algún amigo, llegó de recomendado a un piso viejísimo en la cuarta planta de un edificio del barrio del Raval.

-Buenas, yo solo quiero ganar algo de dinero, cash, rapidito. Para qué soy bueno.

Estaba encorvado, puesto que su metro setenta y siete era demasiado para el semi piso, semi alquilado donde un latin pobre, echado en su colchón, le escuchaba mientras miraba algún canal boliviano por la tele.
Primero tenía que pasar la entrevista.

-¿De dónde eres, man?
-Perú.
-¿Cuánto tiempo en Barna, man?
-Tres años seis meses.
-¿Familia, man?
-Una madre y cinco hermanas.
-¿Escuchas reguetón, man?
-Sí, señor.
-¿Daddy Yanki o Héctor el Bambino…man?
-Pregunta con trampa. Todo el mundo sabe que aquí sólo se escucha Tego Calderón, póngale sazón.

Llenaba muy bien el perfil.

En la calle y con la bolsita negra en el bolsillo, se cag*** de miedo. Volteas en la esquina a la derecha, saludas al vago sentado al lado del container con la señal de la pandilla para que te deje pasar, caminas dos calles, giras a la izquierda y te metes al edificio más viejo y más feo que veas. Dentro, subes por las escaleras, nunca por el ascensor porque te cuadran, y tocas la tercera puerta, tres veces primero y luego cuatro.
¿Y qué hay en la bolsita?, había preguntado el joven. “Lo mejor es no preguntar”, le había dicho su contratador, “tú solo lleva el paquete”.
Y eso había hecho.

Babú le había entreabierto la puerta y ahora lo examinaba detrás de sus cejas espesísimas como dos escobillas de lustrar zapatos. Ni hablemos de su barba.

-¿Tú tener el paquete?
-Sss…sss… ¡sí! -había tartamudeado. Para los que no creían que las monosílabas también se podían tartamudear.
Se sacó del bolsillo de la chaqueta la bolsita negra y se la entregó al señor moro. A cambio recibió el pastón de doscientos euros, en billetes de cinco para colmo. O sea un fajazo de plata que tuvo que guardarse en los calzoncillos para colmo de la paranoia.

De vuelta con su contratador, le explicaron lo de la paga.
-Cien euros para el jefe -dijo éste-, uno que no debes conocer.
Vale, pensó el joven, aún quedaban cien.
-Cincuenta para mí, el primer intermediario.
Eso significa que los otros cincuenta para mí, pensó el muchacho, contento.
-Treinta para ti, y los otros veinte para Babú. El muy idiota nos pagó de más y aquí los tratos se hacen limpiamente, porque los moros son bravos.

De vuelta en el piso de Babú, el joven no sabía muy bien cómo explicarle que le había pagado veinte euros de más, ojalá no se enojé el señor moro.
Le entreabrieron la puerta. El bigote de Babú asomó primero.
-Hola, Babú. Mira, que me diste veinte euros de más.
-Oh, gracias. Tú ser honesto. Quédatelos.
-Muchas gracias -reverencia hasta el piso.

......
Al otro día fue y se pidió su Kindle por Internet. Le llegó el paquete a los cuatro días hábiles. Bien contento, se dijo nunca más con los latin, si ya tengo lo que quería.
Sonó el teléfono.
Era su contratador. Quería que le llevara otro paquete.
-Lo siento, renuncio.
-¿Renuncias? Jajaja -risa de mafioso-… ¿en serio crees que renuncias, man?
-Este… sí.
-Caramba, man. Así no juega Perú. Eres una falla, man.
Y colgó.

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domingo, 5 de septiembre de 2010

El hombre de la sustancia maleable (II)


Siempre que el hombre la volvía a ver, su sustancia le sonreía a lo lejos, cómplice. Todos los días dedicaba un tiempo a contemplar la escena y se volvía tranquilo a su casa, incompleto. Todos los días, hasta que ella se dio cuenta. Cuando ella se dio cuenta, curiosa, agarró la sustancia con las dos manos, y se la envolvió como bufanda, emocionada, pasaba las horas dándole forma a su antojo: un sombrero, una sandalia, un llavero de perro; y en cada forma que la sustancia adoptaba, la cajita a lo lejos sonaba de dolor. Auch, auch. Sonaba y aullaba. Todas las noches, el hombre escuchaba los lamentos y perdía el sueño. Todas las noches, la sustancia se quejaba y hacía eco en la cajita.

Hasta que no pudo más. Se dirigió a ella y le exigió. Le exigió su sustancia, que sufría y sufría en sus manos sudorosas. Pero ella sonrió y le besó en la frente como si fuera un enfermo, y le ofreció, de vuelta, con todo corazón, en bandeja, su sustancia pálida. El hombre la tomó entre sus manos, y la sustancia se escurrió, la sostuvo, y cayó en ella, una y otra vez, se diluía entre sus dedos. El hombre luchaba por mantenerla, y la sustancia que, tristísima, se aferraba a ella. Después de varios intentos, la muchacha, cansada, comenzó a caminar, empezó a alejarse sin decir otra palabra. Y el hombre empezó a correr tras ella, el hombre se esforzaba en demasía; pero la muchacha era más ágil, más agraciada, y el viento la levantaba y la hacía flotar; y él, tan vacío, se hundía y se hundía, con cada paso en la tierra. Terminó tendido en el suelo, de bruces, mientras escuchaba en su cajita, a la sustancia triste y confundida.

Volvió a su casa y no quiso salir.
Días, semanas, meses, se escondía de la sustancia que lo llamaba a lo lejos. Empezó a odiarla. ¿Para qué me llamas, si no me haces caso? ¡Calla! ¡Cállate! Enloqueció. El hombre desesperado corrió al bosque y empezó a recoger madera, por aquí y por allá, cortó ramas, cortezas, y hojas secas; y las unió, las pegó, y las dejó secar al sol. Cuando estuvo lista, selló la cajita en su pecho y esperó. Esperó...¡el ruido se había ido! La sustancia no se escuchaba más. Fue feliz. Salió de nuevo y respiró el aire fresco, el cielo que seguía siendo azul, el pasto verde que le escocía los talones y le irritaba.
..............
Continuaba.

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viernes, 27 de agosto de 2010

El hombre de la sustancia maleable (I)

Había una vez un hombre que tenía una cajita de madera en el pecho. Y dentro de la cajita, una sustancia deforme, densa, maleable, que le latía y le latía. Podía abrir la cajita y cerrarla, inocentemente, dándole un poco de aire, brisa fresca para aclarar los pensamientos. Cuando la cajita se abría, un poco de la sustancia se dejaba flotar y se iba, en forma de gotas, rocío, y se pegaba en la primera chica bonita que aparecía de la nada. Entonces él, tan fácilmente, la amaba, en la intensidad proporcional al tamaño de la gota que se había impregnado en ella, porque él ya era parte de ella, y era feliz. Y así, el hombre rociaba gotitas por doquier, gotitas por acá, por allá, la sustancia había comenzado a adquirir voluntad y la cajita se abría y cerraba, una y otra vez, hasta que la puerta se rasgó de sus goznes y el hombre perdió el control. Mil gotas rociaba al día. Pero volvían al anochecer, volvían cuando él se iba, y regresaba completo a casa, todas las noches.


Un día, el hombre dormía debajo de un árbol, rascándose de vez en cuando a causa de las hormigas y cubriéndose del sol, cuando sintió que algo lo succionaba, que algo lo jaloneaba desde adentro y lo tiraba al exterior. Abrió los ojos desesperado, y buscó con la mirada: de su pecho, de la cajita destruida, ¡las gotas se arremolinaban entre sí y salían a gran velocidad! Levantó la vista, y la vio, ahí estaba, la mujer más bella que había visto en su vida, aunque no habría podido decir por qué, era ella y punto, la que excitaba a sus gotitas. Ya no sintió miedo, comenzó a jalar, desesperado, las cadenas que se formaban al salir, jalaba y jalaba, jalaba y jalaba, hasta que con un sonido seco y pegajoso la sustancia se libró. Y el hombre se sentó a contemplar: cómo la sustancia la envolvía, la besaba, cómo se acurrucaba en su pecho y luchaba por meterse en ella. Y el hombre feliz, observaba sin descanso. Y cuando llegó la noche y tuvo que irse, la sustancia no regresó, la sustancia se quedó con ella y él era feliz, porque estaba con ella, porque todo él era ella, y ella que se lo llevaba, tan hermosa.

Continúa...

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viernes, 2 de julio de 2010

Flying


Abre los ojos
......................Se pone de pie
...............................................Y flota

.....................¡FLOTA!

La sensación de vértigo le envuelve cuando su cuerpo le sonríe desde abajo.

............................."Vuela!"-gritan sus labios. Y él se va.

Atraviesa el techo blanco y los rayos del sol encienden sus cabellos negros.

La oficina queda abajo, donde su cuerpo se amodorra contra el sillón.

.....................................................................Vuela...


¡Ahí está ella!, la divisa a lo lejos, sentada en el parque.

..............................................ELLA.

Algo en su interior se revuelve, piensa que su cuerpo está sufriendo: punzadas en el corazón, dolor agradable en el estómago, y sonríe más que nunca.
........................................................................Ojalá pudiera verse.

Baja en un vuelo largo y se detiene.

"Aaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh", le grita al oído. "Ahhhh!"

................................................"No me escucha"

Se sienta a su costado
..................................... le acaricia el rostro
............................................................................y la besa...

..................................................Se echa y hunde el rostro en su falda

..............................................................Juguetea con sus senos

........................................................................Y cae dormido,

............................................................................sobre ella.
..............................................................................***
Una mano le roza el pecho y se despierta.
Abre los ojos y ella duerme.
.................................................Profundamente.
Se levanta con cuidado y flota.

Trata de besarla pero ya no puede pisar tierra.

......................................¡El tiempo se agota!

Vuela lo más rápido que puede y llega al edificio, recorre cada piso, ve cada escalera, cada ascensor.
............................Y se detiene.

.................................................................Se detiene.

¡Ella se encuentra sobre su pecho con una sonrisa en los labios, flotando ligeramente!

Su cuerpo le sonríe.

Quiere contemplarla, sentirla... pero el tiempo se le escapa:
............................................................."¡Se vuelve transparente!"

Entra corriendo a su cuerpo,
..................................................la roza bruscamente, y ella desaparece.

.......................................................................Despiertan.

..................................................................................Y se olvidan.

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domingo, 20 de junio de 2010

Tráiler Avenue


Al mismo tiempo que "él" lo ve, empieza a correr. Despega mientras las ruedas del camión se acercan y esparcen la gravilla del camino. Y "ella" que camina tan tranquila, con su cabello que flota, su mirada perdida a causa de la modorra de la tarde. Cuando "ella" se percata ya no puede hacer nada, se detiene en medio de la pista y espera, articulando cada gesto de terror en cámara lenta.

La mujer que añora va a morir ante sus ojos.

- ¡Mieeerda! -grita el chofer.

Cuando el chofer ya está en la esquina cae en la cuenta de la ausencia de ruido, ningún golpe seco, ningún grito desgarrador. Cuando el chofer abre los ojos, "él" se encuentra en su espejo retrovisor, poniéndose de pie.

- ¡Gracias, señor! ¡Muchas gracias! -le dice la chica con lágrimas en los ojos.

"Él", sacudiéndose el polvo de las rodillas, levanta la cabeza, la mira, y la odia.

- No tienes nada que agradecer chiquilla...me confundí de persona.

Y se va echando chispas.

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domingo, 6 de junio de 2010

"Alfonso"



- ¡Mira pues! Es buena tela, eso, toca...toca...

Manolo sintió su textura entre las manos y le dio la razón, pero desconfiaba sobre el precio.

- ¿Y a cuánto está dijo? -preguntó de nuevo.
- ¡10 soles pues! ¿No escuchas tú?
- ¿¿10 soles?? -no lo creía-. ¿¿Tan barato??... ¿No será de plástico?

El vendedor no supo qué decir. ¿De plástico había dicho? ¿Éste era chiflado o qué? Pero guardó la compostura.

- No, es de tela...-y se sintió idiota-. ¡Cómo va a ser de plástico!-gritó.
- De plástico pues...ah, ¡mongol! Era sólo una expresión -dijo Manolo, dándose cuenta que el vendedor no lo entendía.
- ¿¿A quién le dices mongol?? -gritó de nuevo el vendedor, cada vez más propenso a encestarle un golpe de lleno en la cara.
- A mí mismo, es otra expresión mía -y sonrió. El vendedor se quedó cojudo. Decidió dejarlo e ir a otra parte de la tienda a buscar a otro cliente. Con éste era sólo perder el tiempo.

Cuando se iba, Manolo lo llamó de nuevo.

- ¿A dónde se va? -preguntó ofendido.
- A trabajar.
- ¿Y atenderme no es trabajar?
- Es una pérdida de tiempo.
- No -dijo decidido Manolo, mientras seguía mirando la tela.
- Sí -ratificó el vendedor.
- El cliente tiene la razón.
- Siempre y cuando estén cuerdos para tener la razón -puntualizó el vendedor.
- ¿Dónde leyó eso usted? -se interesó Manolo. El vendedor se incomodó más, no era la reacción que buscaba.
- Me tengo que ir, hay clientes por atender.
- Sí, como yo. Dígame, ¿de dónde traen esta tela?
- No le puedo decir.
- ¡Ajá! Eso es porque es de mala calidad.
- Sabe qué señor...-lo miró, era la única forma de hacer que ese muchacho abandonara la tienda-: Sí, es de pésima calidad, la traemos desde...desde...¡no sé de dónde es! -gritó el vendedor, y por un instante pareció querer llorar-. Si la compra va a gastar su dinero por las puras -terminó, jadeando de ira.

Manolo le sonrió nuevamente, tomó la tela entre sus manos y se dirigió al mostrador. El vendedor sorprendido trató de detenerlo.

- ¡Señor! ¿¿qué va a hacer?? -preguntó asustado, pensando en que lo acusaría.
- ¿No es lógico?
- No...digo, sí...pero...no lo haga...
- Qué mal vendedor es usted.
- Lo sé -reconoció cada vez más acongojado.
- No se preocupe -le tiró dos pequeñas cachetadas en el rostro y siguió caminando.

- Señora, me llevo esto por favor -le dijo a la cajera.
- Son 10 soles.
- 10 soles... ¿tan barato?
- ¿Va a pagar o no? -preguntó la cajera, sin apartar la vista del monitor.
- Sí, tome.
- Listo, aquí tiene su vuelto. "Esperamos que regrese pronto a nuestra tienda"-recitó con voz musical, para apagarse nuevamente masticando su chicle.

Manolo miró por última vez al vendedor, sonrió y se marchó.
El vendedor asomó su cabeza fuera de la tienda y lo vio, caminar lentamente mientras desenvolvía la tela por el camino y se envolvía con ella como si fuera una toalla. Cuando terminó de moverse debajo de la tela ésta cayó al piso mientras Manolo seguía caminando. Su aspecto seguía siendo igual, llevaba puesto la misma ropa: una camisa beish al estilo safari y un pantalón verde flojo. Manolo se perdió al voltear la esquina.

- Doña Josefina, ya regreso, ¡un toque! -gritó el vendedor mientras corría hacia la tela. La gente pasaba por encima, esquivándola, rozándola, pero nadie la pisaba. El vendedor, Alfonso, se paró justo a su costado, en la fachada principal del municipio provincial, y levantó la tela de un tirón.

El municipio explotó y colapsó.

De la tela no quedaron ni cenizas, y de Alfonso no encontraron nada.

Más tarde, Manolo pasó por el municipio y sonrió, pasó justo a lado de la señora cajera y le preguntó qué había pasado.

- Una bomba. Dicen que un tipo se inmoló.
- ¿Un tipo?
- Sí, yo no vi nada.

La mujer se fue hablando para sí misma, renegando porque Alfonso aún no regresaba.
Manolo sonrió y se quitó saltando en un pie, cuando encontraba alguna calle desierta.
Apuntó "Alfonso"en su libreta, y empezó a caminar porque una señora apareció por una bocacalle.

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