He Traicionado Tu Amor (Los Chapillacs y Pascualillo Coronado, El Rey de la Carretera Central) by Descabellado Records
Camilita bailaba bien rico en la fiesta de su tío. Su tío Pocho que había comprado treinta cajas de cerveza pilsen y ahora reventaba su taller mecánico con un potente sonido estereofónico. Qué bonito santo, don Pocho, decía el aprendiz de mecánico, Ingercio, un quinceañero bien achorín. Claro pues hiiiijoo, hip, ¡¡y no va a serrr!!. Recontra legal su tono, patrón, y de los anticuchitos que le ha encargado a doña Melva huuyy, ni hablemos, y del pollito tampoco y ni de la chelita que nunca falta, todo bien legal oiga, más bien... ¿no me presenta usted a su sobrina? Pero don Pocho, ni baboso, se hizo el loco y se quitó por allí contoneando los hombritos al ritmo de la música, y con la sonrisita bigotona, como quien dice, a flor de piel. Movía también los piececitos con gracia y garbo criollo. Don Pocho se paseaba por su taller comprobando que no faltara nada y que los invitados la estuvieran pasando bien bacanchola. Por allí lo atajó el sobrino borracho, un treintañero perdedor, uno con una narizota que siempre lo precedía a donde quiera que iba. Lo jaloneó del cuello con el ímpetu de los alcoholizados.Tío, venga a tomar con sus hermanos a la oficina, venga, pues tío, estamos en un reventón. Arranca de acá, imbécil, ¿no ves que estoy bailando? arranca nomás, caray. Y le metió su chiquita por atrevido.
En un rincón, junto a un Datsun del 93 sin llantas, el aprendiz de mecánico, Ingercio, le metía letra a Camilita, que por cierto le iba un poco mayor. Veinte tenía la chibola, aunque parecía mucho menor, bajita y con cara de nena. Y así pes, flaquita, le decía mientras bailaban cumbia; tengo mi bochito, bien parado ah, cuando quieras te puedo llevar de paseo a comer tu papa rellena, vueltecita pasito adelante pasito atrás; tus picarones con su gaseosa, ah, lo que quieras tú nomás pide. Y ya si te pones exigente hasta te llevo a comer pizza. Despuntaaa, renacuajo, replicaba Camilita, caderita un, dos, pasito de costado y vueltita con harto sabor; a mi me llevas a La Taberna a comer mi pollo broster o nada. Para comer anticuchos de luca no necesito a un imberbe malandrín pululando a mi alrededor. Tiraba su diccionario la chibola. Ingercio hizo sus cálculos mentales mientras seguían bailando: gasolina más estacionamiento más un pollo broster más su inca cola y etc., etc. Puccha, ni que estuvieras tan buenota. Pero lo estaba.
En la oficina, el sobrino narizón lloriqueaba con el bobo aligerado por la cerveza. Y me metió un cochacho, tíos, escuchen, mi tío Pocho del alma; acá me dolió, acá. Y se señaló el pecho en la parte donde suponía que se encontraba su corazón. Yo siempre estoy allí, tío qué necesitas, qué te puedo ayudar, pero siempre me cancela... Y así lloraba frente a sus tíos mayores. Uno de ellos era gerente de la Backus en Virú. Otro tenía un grifo por San Pedro. No pues sobrino, ya, tú ya estás para irte a dormir. Y se fueron dejándolo solo en el sofá de la oficina, uno bien viejo y grasiento del cual nadie lo movería hasta el día siguiente, ya de noche, cuando el wachi que cuidaba el taller los domingos le dijera, ya pe soly, o te mueves o te muevo, ¿cómo es?
Bien rica sonaba la chicharra. Don Pocho ensayaba unos pasitos picaronescos con doña Melva que, entre tanto humo de la parrilla había decidido pegarse un bailongo antes de seguir asando tanta carne roja. Ahí, ahí, doña Melva. Pegaba sus brinquitos la mujer y don Pocho le meneaba los hombros, se caía de rodillitas y alzaba los brazos en el aire al ritmo de la música. Por allí hasta le metió break dance, chino y bigotudo de risa. Cuando acabó la canción, doña Melva dijo, ay, yo ya no estoy para estos trotes. Y se regresó a sus anticuchos.
La fiesta siguió hasta las cuatro de la mañana, cuando ya solo quedaban los más ebrios de los ebrios abrazados fraternalmente en unas feas bancas de madera. Y en el rincón de siempre, junto al viejo Datsun desmantelado, Ingercio se daba el lote con Camilita. Guapachosa, la chibola, pero de veras. Y el Ingercio más feo que el hambre. Mérito al valor, a la tenacidad y a esa fantástica resolución pirañona que ya quisieran otros imberbes.
viernes, 30 de diciembre de 2011
El tono (dale play)
lunes, 28 de noviembre de 2011
La canción-test de Clarita
Clarita solía dar largos paseos por el Eixample barcelonés, particularmente en las tardes más frías y soleadas de diciembre, que era cuando las piernas se le entumecían y los pasos le salían tiesos y patosos, que era como le gustaba caminar.
Escondía el cuello debajo de una bufanda atigrada y, con las manos resguardadas en los bolsillos de la gruesa chaqueta marrón, se paseaba mirando los balcones de los edificios, los diseños de sus ventanas y algunas senyeras; aunque siempre agazapada en su mundo interior, un ático bien adornado con melodías y órdagos enredados en las vigas del techo, aunque abstracto, amoblado con un par de oscuros baúles, un catre enclenque sepultado bajo numerosas mantas tejidas y una ventana amplia que da a un cosmos negro e infinito, con su alféizar y su macetita de gardenia a punto de despeñarse.
Pensamientos tristes, tristes, y luego alegres, alegres. El ático cambiaba de iluminación con una rapidez impresionante, como el día y la noche acelerados en treinta segundos. Clarita padecía de un temperamento bipolar, pero uno de verdad, molesto e inoportuno, no como cuando alguien te suelta de broma: «Oye, hoy me siento muy bipolar, jaja». Imbécil.
-¿Qué te estás estudiando, caramelito? –le pregunta el trotador que, corriendo su sitio, la pesca bien instalada en una banca hermosa que hay en el paso de peatones de la Gran Vía.
-A bichos raros como tú, ¿por qué?
Si algo le activa la bipolaridad a Clarita es que la aborde un palurdo todo sudado y con los auriculares del ipod chillando una música hedionda.
Intercambian sonoros insultos y finalmente el afanador se aleja con el ego reducido y las piernas inusualmente rendidas.
Clarita lee Súper Pop; tiene la mirada fija en una fotografía de Edward, el vampiro, todo blanquiñoso y ceñudo, sacando morrito en plan ¿Quién podría estar más rico que yo? A su lado, la hermosa Bella se aferra con fuerza a su pecho, como si una jauría de hombres lobo los tuviera rodeados. Atrás, por último, se aprecia un bosque de altos y misteriosos pinos, cuyas afiladas cimas parecen querer pinchar a una redonda y enorme luna, que domina un cielo particularmente claro.
La joven, bipolarísima:
-Pero qué tal subnormal, ¿cómo es posible que las adolescentes caigan rendidas ante semejante mongoloide?
-Pero míralo, Clara, mujer… Tú y yo sabemos muy bien que adentro de esa boquita tuya se está gestando la esencia de una salivita simbólica.
-Ay, eso es porque me olvidé el bocadillo, y tan solo con recordarlo…
-Mentira, nena. Yo sé muy bien lo que se cuece allí dentro de ti, en lo más hondo. Yo sé que…
Pero llegó Habichuela.
Un chico flaco y con el pelo negro, aplastado debajo de un gorro andino tejido con lana gris, uno de cuyas largas orejeras colgaban unas bolas de felpa que le conferían un aire tan inofensivo que rallaba en lo absurdo.
Clarita le echó un vistazo apartando apenas los ojos de su revista. El lado accesible de su bipolaridad había ganado la partida, así que, momentáneamente, al muchacho nadie lo mandaría a la mierda sin despeinarse.
-Amiga, disculpa ¿sabes dónde queda plaza universidad?
Llevaba en las manos una caja no muy grande envuelta con papel de regalo rojo, un lazo y una tarjetita.
-No –mintió ella-, ven aquí, chico. Siéntate.
Desplazo su mochila de la banca para hacer un poco de espacio. El chico se encogió de hombros de una manera tan disimulada que nadie podría haberlo notado, acto seguido, se instaló al lado de la joven.
-¿Te gusta la buena música? –preguntó la muchacha, sacando su iphone 4 y unos auriculares blancos de diadema, de alta resolución.
-Hombre, como el que menos.
-A ver, escucha esta canción y dime qué tal… ¿cómo te llamas?
-Habichuela.
-Vale, Habichuela, toma.
El joven se las arregló para montarse los auriculares en los oídos sin tener que sacarse el gorro andino que tan perfectamente le iba a su look. La realidad era que tenía el cabello sin pasar por agua un buen puñado de días, básicamente por el frío y la ausencia de gas en casa.
Adentro de sus oídos un bajo y un teclado setentero empezaron a dar botes armónicos contra sus paredes acústicas. Al rato, se sumó la voz de un hombre y luego la de una mujer, cantando juntos y llenándolo todo con una sensación tibia que aunque entraba por sus oídos, bajaba hasta acumularse en su pecho como una enorme flor de largos pétalos.
Habichuela miró a la chica y vio que era linda, así, solamente linda, utilizando deliberadamente esa palabra tan corta y manida; pero la sazonó un poco:
-¿Sabes? Eres críticamente linda.
Clarita echó una sonrisa muda. Se llevó un dedo índice hasta una oreja y le dio toquesitos repetidos, como quien dice: «Escucha, primero, luego hablas tus huevadas».
You are the sunshine of my life,
That’s why I’ll always be around.
-Ésta no es la versión de estudio –comentó Habichuela, sin dejar de menear la cabeza al son de la melodía.
-Obviamente –contestó la chica-, es de su concierto en el Rainbow Theatre.
-¡Qué crack! -Habichuela parpadeó y empezó verla con ojos renovados.
-Deberías conocer mi ático, está todo lleno de vinilos de Stevie.
I feel like this is the beginning,
Though I've loved you for a million years.
Habichuela se quitó por fin los auriculares y volvió al sonido de la avenida, principalmente dominada por el ruido de los coches y las motocicletas que atravesaban la Gran Vía. De fondo, las voces de los barceloninos, en familia, preparando las compras navideñas o paseando entre los puestos de churros.
Al final, le devolvió los auriculares a la joven. Por allí ensayó una sonrisa.
-¿Vives en un ático?
-Mmm... es difícil de explicar –le dijo Clarita, menos bipolar que siempre.- Quiero hablar de Stevie...
-Fantástico.
-...y de las probabilidades de que conocieras mi canción-test.
Antes de contestar, Habichuela recordó vagamente, como con el rabillo de su mente, que tenía una cita en el Starbucks de plaza Universidad. Vagamente, alguien que lo esperaba amontonando bolsitas de azúcar, tamborileando los dedos sobre una mesa. Vagamente, la sombra de un rostro, el eco de una voz y la innegable relación de aquello con la caja envuelta en papel de regalo, reposando a su lado, a un movimiento de vista.
Y, por último, vagamente, el evoco de algún discurso contenido y esperando en la punta de la lengua, tibio y listo.
Nota irrelevante del autor: mi canción-test es y será siempre From the morning
lunes, 10 de octubre de 2011
Relato cien por cien barcelonino
lunes, 3 de octubre de 2011
cuaderno
lunes, 6 de junio de 2011
¿Un champancito, hermanito?
Título de la entrada en alusión a un sesudo artículo escrito por MVLL donde el tipo se devana los sesos dándoles vueltas a la facilidad que sus compatriotas tenemos para la huachafería.
Idiota.
domingo, 29 de mayo de 2011
Relato de 6 partes
lunes, 11 de abril de 2011
Wild east (otra historia sobre moverse en el mundo)
María me apremia. Vete en un bote cualquiera. Tiene que ser un velero, María, le digo. Un velero o nada. Nada, entonces, me dice ella con un juego de palabras: nada bien lejos, que no me dejas desaparecer. Entonces me enojo, aunque la amo con fuerza, a veces me enojo: largo, desaparécete tú sola. Y me marcho otra vez de su cuarto, pensando que en el muelle encontraré amarrado un velero blanco y reluciente, para mí. Pero no hallo más que vulgares botes pesqueros, a remos o a motor, salados, toscos y despreciables. Imposible cruzar el mar en ellos, moriría como debió haber muerto el viejo de Hemingway. Solo, en medio de la nada, con una nave a la deriva, la espalda desnuda y picada por la sal. Ése sería un lógico final. Solo que yo no moriría seco, sino consumido.
sábado, 26 de marzo de 2011
Wild east
su brillante luz, empañada en ilusión...
y le dije, vengo del este, buscando marinos.
Ella me dijo, ¿te sorprende lo que has encontrado?
este puerto estará vacío para siempre.
Y le dije: pero hoy la tarde está increíble
y quiero embellecerte más, aún.
Aunque ella pasa las noches con un fantasma del oeste
un tipo triste que también la ama,
durante la vigilia.
Lo conocí, era Coleman: ¿cruzarás el mar por ella?
dame las coordenadas, dijo él, para que la vida continúe.
Con una condición, repliqué
¿acaso me sorprende?, habla.
Que me dejes volver en tu nave.
Y él me dijo: que dure lo que dure,
lo real.
Le respondí: y que dure lo que dure,
tu ficción.
Así, Coleman vino del oeste, al este
para vivir también
el día.
Ella lo recibió con un beso
increíble.
Luego yo los dejé
y vistos desde el mar,
eran dos puntos en la playa
tratando de fundirse
irreversiblemente.
muchas frases sacadas de:
sábado, 19 de febrero de 2011
Song story
Song bob dylanesca by nadrojj
Lyric:
porque esto tiene intereses, y el sueldo ya es muy bajo /y no te olvides que el alojamiento aquí es muy, muy caro"...
martes, 15 de febrero de 2011
episodio san valentinesco
jueves, 20 de enero de 2011
fragmento
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Filtro
De la nada el silencio cae y Ruiz está de pie. Sus pasos lo llevan hacia el frente mientras el profesor lo mira con paciencia. Todos le observan, con la mochila al hombro a un metro del profesor.
- Me tengo que ir -dice escuetamente Ruiz.
- ¿Cuál es el motivo Sr. Ruiz? -pregunta el profesor.
- Me siento mal.
- ¿Tiene algún dolor? Está sudando.
- No tengo nada físicamente, sólo déjeme ir.
- Si no me da una razón válida va a tener que regresar a su asiento Sr. Ruiz -dice el profesor, apretando las mandíbulas.
- ¡No puedo quedarme un minuto más aquí!...el filtro es muy potente.
- ¿Cómo?
- El filtro. El aburrimiento, no deja pasar el tiempo, no puedo respirar, me desespero y sudo.
- ¿Qué quiere decir?
- ¡¡Que me voy porque usted me aburre!! -grita Ruiz.
El profesor lo mira tratando de contenerse. El salón entero ríe.
- Disculpe, no pude decirlo de otro forma -dice cansado Ruiz-. ¿Me puedo ir entonces?
El profesor se saca los lentes, junta las manos, y dice:
- NO.
Ruiz lo mira.
- Ok. Pero no le prestaré atención.
Regresa a su carpeta y empieza a contar los minutos. El filtro es más presente. Minuto. Minuto. Minuto.
Luego se da cuenta que el filtro se desvanece si escribe algo. Siempre se pierde en el tiempo mientras escribe.
Saca su cuaderno y escribe esto.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Los sedantes los consiguió con receta de su psiquiatra
Tenía esos ojos desorbitados y esos dientes delanteros exageradamente grandes…
lunes, 25 de octubre de 2010
Claire

Claire despertó bruscamente, con una punzada de frío tras aquel primer grito. Pero fue al segundo que creyó que era real. Alguien llamaba a través de la reja, golpeaba desesperadamente los fierros oxidados que día a día se juntaban con la arena del suelo. Cuando llegó sudada a la puerta de entrada, creyendo que Fermín había enviado a alguien a esas horas de la noche, pensó que sólo de lo peor se podía tratar. Si no le hubiera resultado extraño el hombre que la miraba a través de los vidrios inexistentes, inmediatamente hubiera salido corriendo tras él.
- Sí, diga –dijo con toda la determinación que pudo. “Muéstrate valiente”.
- Estoy con fiebre, y aún estoy a medio camino de a donde voy…
Incluso en la oscuridad, el hombre no podía disimular su malestar. Tenía sudor en la frente, y se apretaba las muñecas una y otra vez. Aun así, sonreía al hablar.
- Tiene mucha fuerza para tener fiebre. Casi me quedo sin alma a causa de sus golpes.
- Siempre he sido muy fuerte –sonrió el hombre-. Pero me temo que para el amanecer alguien me encontraría tirado al pie de un árbol, devorado por lobos.
- Le duelen las muñecas –era lo que más le inquietaba. “Quizás llevaba esposas”.
- Sufro de los huesos y con este frío… -la miró cauteloso, leyendo en sus ojos el motivo de su miedo-. ¡¡Usted cree que soy un criminal y que me he escapado!! –exclamó divertido-. No, no, mi lady, mire usted mi piel, si me doliera a causa de esposas mi piel seguiría al rojo vivo. Yo sólo tengo fiebre –y acercó la frente entre la reja-. Usted quiere pruebas, tóqueme.
Claire posó su mano, y descubrió no sólo que el hombre ardía en llamas, sino que llevaba buen tiempo sin poder asearse. Aunque no lo mencionó.
- Mis costumbres me obligan a auxiliarle, espero que usted sepa valorar eso –dijo de memoria la fórmula antigua, aunque sabía muy bien que era inservible-. Entre.
Le abrió la reja y el hombre se deslizó, suave y débil, volviéndose a cada paso que daba, más pálido de lo que ya era.
Cuando terminó de prepararle un sitio cerca al fuego, le preguntó si necesitaba algo más.
- Quisiera bañarme.
- Está con fiebre, no es lo mejor.
- Es curioso que recuerde la fórmula antigua y se haya olvidado de todo lo demás. El agua fría nos calma un poco.
- ¿Qué fórmula antigua? – “Dios, ¡¿qué he hecho?!”
El hombre sonrió y prosiguió.
- Necesito bañarme, usted comprenderá – y con su mirada lo dijo todo. Esa mirada ámbar tan deliciosa, se tornaba color rojo sangre ante sus ojos, con tanta facilidad como se expande el vino derramado sobre el mantel.
La muchacha profirió un grito y cayó de rodillas, con la cabeza sumisa en dirección al suelo, vigilando los pies del hombre, rezando para que no se moviera.
El hombre soltó una risotada, tan grotesca y despiadada, que Claire pensó en un instante que se desvanecía. “Tiene que funcionar”.
- Me sorprendes… –el hombre comenzó a andar en círculos alrededor de ella, que seguía arrodillada y con la cabeza gacha-. Primero la fórmula antigua, y ahora el círculo de protección del sumiso. ¿Cómo sabes todo eso? –preguntó divertido.
- Por favor vete…
- No puedo…estoy intrigado. ¿No entiendes? Conocimientos tan valiosos, ¿cómo llegaron a ti?
- También desciendo de vampiros.
El hombre se detuvo en seco.
- Pero no eres vampira –la acusó.
- No.
- ¿Cómo es posible?
- Haz el amor con una mortal y tu hija lo hará posible.
- ¡¡Está prohibido!! –gritó escandalizado.
- Como está prohibido matar a alguien que te recibe con la fórmula antigua, como está prohibido romper el círculo del sumiso –respondió gimiendo-…Pero dime…si es así, ¿por qué sigo temblando? –empezó a llorar.
Una chispa de luz aclaró el tono rojo sangre de sus ojos:
- Porque toda regla puede ser rota, y cualquier vampiro puede ser maldito…
Claire no dijo nada. No tenía más armas, “sólo la esperanza de todo ser mortal”.
- Siempre quise ser maldito –dijo riéndose.
Lo último que supo Claire fue que el fuego se apagó y su cuerpo cayó sobre el suelo, mientras su mente luchaba por no perderse. “Prefiero morir”.
La oscuridad reinó.
Cuando despertó, seguía tirada sobre el suelo de madera, ya había amanecido y el vampiro se había ido con la noche. No la había tocado. Sus vestidos estaban intactos. La había dormido. La había asustado y se había retirado. No podía odiarlo, no le había hecho daño. Cuando salió a la puerta, ésta seguía cerrada con llave. “No fue un sueño. Desperté en el piso”. Buscó alguna señal, algún indicio, una huella. Pero el vampiro había borrado sus pasos con la misma sutileza con la que entró. “La única huella que dejan es la de su mordida”, recordó las palabras de su madre, e instintivamente se tocó el cuello. Nada. ¡Nada! Salió corriendo de felicidad, hacia la acequia que pasaba por detrás de su casa, y se arrodilló para lavarse la cara. Casi cae de bruces al agua. Un dolor intenso le cruzó la entrepierna. Desesperada se tiró al agua y se desnudó echada, como pudo, casi inmovilizada por el dolor. Primero tanteó con sus dedos su zona íntima y sintió algo tibio que le brotaba. “Sangre”… “me penetró…”.
Cuando acercó la mirada a sus partes descubrió que era algo peor. Dos orificios rojos sobresalían de su monte de Venus.
“Éste es mi último día como mortal”.
martes, 19 de octubre de 2010
Él sólo quería 50 euros para su Kindle
domingo, 5 de septiembre de 2010
El hombre de la sustancia maleable (II)
Hasta que no pudo más. Se dirigió a ella y le exigió. Le exigió su sustancia, que sufría y sufría en sus manos sudorosas. Pero ella sonrió y le besó en la frente como si fuera un enfermo, y le ofreció, de vuelta, con todo corazón, en bandeja, su sustancia pálida. El hombre la tomó entre sus manos, y la sustancia se escurrió, la sostuvo, y cayó en ella, una y otra vez, se diluía entre sus dedos. El hombre luchaba por mantenerla, y la sustancia que, tristísima, se aferraba a ella. Después de varios intentos, la muchacha, cansada, comenzó a caminar, empezó a alejarse sin decir otra palabra. Y el hombre empezó a correr tras ella, el hombre se esforzaba en demasía; pero la muchacha era más ágil, más agraciada, y el viento la levantaba y la hacía flotar; y él, tan vacío, se hundía y se hundía, con cada paso en la tierra. Terminó tendido en el suelo, de bruces, mientras escuchaba en su cajita, a la sustancia triste y confundida.
Volvió a su casa y no quiso salir.
Días, semanas, meses, se escondía de la sustancia que lo llamaba a lo lejos. Empezó a odiarla. ¿Para qué me llamas, si no me haces caso? ¡Calla! ¡Cállate! Enloqueció. El hombre desesperado corrió al bosque y empezó a recoger madera, por aquí y por allá, cortó ramas, cortezas, y hojas secas; y las unió, las pegó, y las dejó secar al sol. Cuando estuvo lista, selló la cajita en su pecho y esperó. Esperó...¡el ruido se había ido! La sustancia no se escuchaba más. Fue feliz. Salió de nuevo y respiró el aire fresco, el cielo que seguía siendo azul, el pasto verde que le escocía los talones y le irritaba.
..............
Continuaba.
viernes, 27 de agosto de 2010
El hombre de la sustancia maleable (I)
Había una vez un hombre que tenía una cajita de madera en el pecho. Y dentro de la cajita, una sustancia deforme, densa, maleable, que le latía y le latía. Podía abrir la cajita y cerrarla, inocentemente, dándole un poco de aire, brisa fresca para aclarar los pensamientos. Cuando la cajita se abría, un poco de la sustancia se dejaba flotar y se iba, en forma de gotas, rocío, y se pegaba en la primera chica bonita que aparecía de la nada. Entonces él, tan fácilmente, la amaba, en la intensidad proporcional al tamaño de la gota que se había impregnado en ella, porque él ya era parte de ella, y era feliz. Y así, el hombre rociaba gotitas por doquier, gotitas por acá, por allá, la sustancia había comenzado a adquirir voluntad y la cajita se abría y cerraba, una y otra vez, hasta que la puerta se rasgó de sus goznes y el hombre perdió el control. Mil gotas rociaba al día. Pero volvían al anochecer, volvían cuando él se iba, y regresaba completo a casa, todas las noches.
Un día, el hombre dormía debajo de un árbol, rascándose de vez en cuando a causa de las hormigas y cubriéndose del sol, cuando sintió que algo lo succionaba, que algo lo jaloneaba desde adentro y lo tiraba al exterior. Abrió los ojos desesperado, y buscó con la mirada: de su pecho, de la cajita destruida, ¡las gotas se arremolinaban entre sí y salían a gran velocidad! Levantó la vista, y la vio, ahí estaba, la mujer más bella que había visto en su vida, aunque no habría podido decir por qué, era ella y punto, la que excitaba a sus gotitas. Ya no sintió miedo, comenzó a jalar, desesperado, las cadenas que se formaban al salir, jalaba y jalaba, jalaba y jalaba, hasta que con un sonido seco y pegajoso la sustancia se libró. Y el hombre se sentó a contemplar: cómo la sustancia la envolvía, la besaba, cómo se acurrucaba en su pecho y luchaba por meterse en ella. Y el hombre feliz, observaba sin descanso. Y cuando llegó la noche y tuvo que irse, la sustancia no regresó, la sustancia se quedó con ella y él era feliz, porque estaba con ella, porque todo él era ella, y ella que se lo llevaba, tan hermosa.
Continúa...
viernes, 2 de julio de 2010
Flying

Abre los ojos
......................Se pone de pie
...............................................Y flota
.....................¡FLOTA!
La sensación de vértigo le envuelve cuando su cuerpo le sonríe desde abajo.
............................."Vuela!"-gritan sus labios. Y él se va.
Atraviesa el techo blanco y los rayos del sol encienden sus cabellos negros.
La oficina queda abajo, donde su cuerpo se amodorra contra el sillón.
.....................................................................Vuela...
¡Ahí está ella!, la divisa a lo lejos, sentada en el parque.
..............................................ELLA.
Algo en su interior se revuelve, piensa que su cuerpo está sufriendo: punzadas en el corazón, dolor agradable en el estómago, y sonríe más que nunca.
........................................................................Ojalá pudiera verse.
Baja en un vuelo largo y se detiene.
"Aaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh", le grita al oído. "Ahhhh!"
................................................"No me escucha"
Se sienta a su costado
..................................... le acaricia el rostro
............................................................................y la besa...
..................................................Se echa y hunde el rostro en su falda
..............................................................Juguetea con sus senos
........................................................................Y cae dormido,
............................................................................sobre ella.
..............................................................................***
Una mano le roza el pecho y se despierta.
Abre los ojos y ella duerme.
.................................................Profundamente.
Se levanta con cuidado y flota.
Trata de besarla pero ya no puede pisar tierra.
......................................¡El tiempo se agota!
Vuela lo más rápido que puede y llega al edificio, recorre cada piso, ve cada escalera, cada ascensor.
............................Y se detiene.
.................................................................Se detiene.
¡Ella se encuentra sobre su pecho con una sonrisa en los labios, flotando ligeramente!
Su cuerpo le sonríe.
Quiere contemplarla, sentirla... pero el tiempo se le escapa:
............................................................."¡Se vuelve transparente!"
Entra corriendo a su cuerpo,
..................................................la roza bruscamente, y ella desaparece.
.......................................................................Despiertan.
..................................................................................Y se olvidan.
domingo, 20 de junio de 2010
Tráiler Avenue

Al mismo tiempo que "él" lo ve, empieza a correr. Despega mientras las ruedas del camión se acercan y esparcen la gravilla del camino. Y "ella" que camina tan tranquila, con su cabello que flota, su mirada perdida a causa de la modorra de la tarde. Cuando "ella" se percata ya no puede hacer nada, se detiene en medio de la pista y espera, articulando cada gesto de terror en cámara lenta.
La mujer que añora va a morir ante sus ojos.
- ¡Mieeerda! -grita el chofer.
Cuando el chofer ya está en la esquina cae en la cuenta de la ausencia de ruido, ningún golpe seco, ningún grito desgarrador. Cuando el chofer abre los ojos, "él" se encuentra en su espejo retrovisor, poniéndose de pie.
- ¡Gracias, señor! ¡Muchas gracias! -le dice la chica con lágrimas en los ojos.
"Él", sacudiéndose el polvo de las rodillas, levanta la cabeza, la mira, y la odia.
- No tienes nada que agradecer chiquilla...me confundí de persona.
Y se va echando chispas.
domingo, 6 de junio de 2010
"Alfonso"
Manolo sintió su textura entre las manos y le dio la razón, pero desconfiaba sobre el precio.
- ¿Y a cuánto está dijo? -preguntó de nuevo.
- ¡10 soles pues! ¿No escuchas tú?
- ¿¿10 soles?? -no lo creía-. ¿¿Tan barato??... ¿No será de plástico?
El vendedor no supo qué decir. ¿De plástico había dicho? ¿Éste era chiflado o qué? Pero guardó la compostura.
- No, es de tela...-y se sintió idiota-. ¡Cómo va a ser de plástico!-gritó.
- De plástico pues...ah, ¡mongol! Era sólo una expresión -dijo Manolo, dándose cuenta que el vendedor no lo entendía.
- ¿¿A quién le dices mongol?? -gritó de nuevo el vendedor, cada vez más propenso a encestarle un golpe de lleno en la cara.
- A mí mismo, es otra expresión mía -y sonrió. El vendedor se quedó cojudo. Decidió dejarlo e ir a otra parte de la tienda a buscar a otro cliente. Con éste era sólo perder el tiempo.
Cuando se iba, Manolo lo llamó de nuevo.
- ¿A dónde se va? -preguntó ofendido.
- A trabajar.
- ¿Y atenderme no es trabajar?
- Es una pérdida de tiempo.
- No -dijo decidido Manolo, mientras seguía mirando la tela.
- Sí -ratificó el vendedor.
- El cliente tiene la razón.
- Siempre y cuando estén cuerdos para tener la razón -puntualizó el vendedor.
- ¿Dónde leyó eso usted? -se interesó Manolo. El vendedor se incomodó más, no era la reacción que buscaba.
- Me tengo que ir, hay clientes por atender.
- Sí, como yo. Dígame, ¿de dónde traen esta tela?
- No le puedo decir.
- ¡Ajá! Eso es porque es de mala calidad.
- Sabe qué señor...-lo miró, era la única forma de hacer que ese muchacho abandonara la tienda-: Sí, es de pésima calidad, la traemos desde...desde...¡no sé de dónde es! -gritó el vendedor, y por un instante pareció querer llorar-. Si la compra va a gastar su dinero por las puras -terminó, jadeando de ira.
Manolo le sonrió nuevamente, tomó la tela entre sus manos y se dirigió al mostrador. El vendedor sorprendido trató de detenerlo.
- ¡Señor! ¿¿qué va a hacer?? -preguntó asustado, pensando en que lo acusaría.
- ¿No es lógico?
- No...digo, sí...pero...no lo haga...
- Qué mal vendedor es usted.
- Lo sé -reconoció cada vez más acongojado.
- No se preocupe -le tiró dos pequeñas cachetadas en el rostro y siguió caminando.
- Señora, me llevo esto por favor -le dijo a la cajera.
- Son 10 soles.
- 10 soles... ¿tan barato?
- ¿Va a pagar o no? -preguntó la cajera, sin apartar la vista del monitor.
- Sí, tome.
- Listo, aquí tiene su vuelto. "Esperamos que regrese pronto a nuestra tienda"-recitó con voz musical, para apagarse nuevamente masticando su chicle.
Manolo miró por última vez al vendedor, sonrió y se marchó.
El vendedor asomó su cabeza fuera de la tienda y lo vio, caminar lentamente mientras desenvolvía la tela por el camino y se envolvía con ella como si fuera una toalla. Cuando terminó de moverse debajo de la tela ésta cayó al piso mientras Manolo seguía caminando. Su aspecto seguía siendo igual, llevaba puesto la misma ropa: una camisa beish al estilo safari y un pantalón verde flojo. Manolo se perdió al voltear la esquina.
- Doña Josefina, ya regreso, ¡un toque! -gritó el vendedor mientras corría hacia la tela. La gente pasaba por encima, esquivándola, rozándola, pero nadie la pisaba. El vendedor, Alfonso, se paró justo a su costado, en la fachada principal del municipio provincial, y levantó la tela de un tirón.
El municipio explotó y colapsó.
De la tela no quedaron ni cenizas, y de Alfonso no encontraron nada.
Más tarde, Manolo pasó por el municipio y sonrió, pasó justo a lado de la señora cajera y le preguntó qué había pasado.
- Una bomba. Dicen que un tipo se inmoló.
- ¿Un tipo?
- Sí, yo no vi nada.
La mujer se fue hablando para sí misma, renegando porque Alfonso aún no regresaba.
Manolo sonrió y se quitó saltando en un pie, cuando encontraba alguna calle desierta.
Apuntó "Alfonso"en su libreta, y empezó a caminar porque una señora apareció por una bocacalle.














