
Contaré esto en tercera persona:
La otra vez mi amigo Nadroj se fue al cine a ver El curioso caso Benjamin Button, tan feliz. Cine del interesante, con esas premisas que a él le entusiasman mucho y le hacen salir de casa para pasar un buen rato, hasta que el tipo que se sienta adelante voltea y le tira una bofetada.
Bueno, no fue una bofetada de buenas a primeras, se la dieron previa gritada a mitad de la proyección de la peli. Él no pudo ni decir cuatro palabras para manifestar su enojo ante la bestia que le gritaba por “patearle el asiento” porque splash, le metieron su cachetadón con toda la confianza del mundo.
Y no, no devolvió golpe con golpe, ni respondió a la violencia con más violencia (el muy mongol, bien que se fue del cine con la nariz roja de la piconería). Bien civilizado se salió de la sala y llamó al acomodador: “'¡¡una bestia me ha pegado!!”, a lo que el acomodador se solidarizó y fue a hablar con el susodicho, pero ya lo dice el viejo refrán: Nunca discutas en una sala de cine porque no dejarás al resto ver su película. Así que ni caso, el gorila agresor se quedó para ver el resto de la peli, mientras que Nadroj se largó indignado, incapaz de quedarse en la misma sala con el idiota intransigente.
Le sellaron el boleto para que volviese cuando quisiera, pero no, ya no sería lo mismo. Le regalará su entrada a alguien más y él se verá la peli en su computadora, que le da igual.