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jueves, 4 de noviembre de 2010

Experiencia desagradable 3: La chica del bus.

Subo al micro y me siento por la mitad, a lado de una chica bonita. No, a lado de dos chicas bonitas, la que está para el otro lado del pasadizo también lo es , sin duda, ¡qué pestañas! Cabello negro lacio, tez blanca bronceada, ojotes negros que te comen...Caracho, qué difícil es mirar de reojo. Duele. Mejor me detengo. Fijo la mirada al frente. Todos los asientos están ocupados, sólo la chica bonita no va acompañada. Ya ya, dejo de mirar.


El micro se detiene en el Óvalo Larco y suben dos señoras, una detrás de la otra, tanteándose por si el micro acelera, por si el piso lleno de petróleo les hace resbalar. De pronto me percato del olor. Huácala, petróleo. Una de las señoras se dirige al asiento vacío, a lado de la chica bonita, y ella le permite pasar, la señora se sienta, y de nuevo la chica bonita se acomoda, linda. De pronto sus ojotes-que-te-comen choca con la otra señora, y se da cuenta que no tiene fuerzas para sostenerse, que es de avanzada edad, y le cede el asiento. La señora de los rulos canosos y la bolsa marrón toma asiento, y la chica bonita permanece de pie junto a mí. ¡Rayos! Ella de pie y yo sentadazo. Era que reaccione más rápido, ¡distraído de miércoles! ¿Distraído? Bien que has visto todo con tus ojos perdidos...¡Qué mas da! Empiezo a ponerme de pie mientras le lanzo una mirada a la chica bonita, con toda mi caballería, ya me veo a través de mis ojos expresivos, quedando como galán, "Te cedo mi asiento, dama hermosa". Ella me mira extrañada, sorprendida, con un atizbo de burla en los ojos y caigo en la cuenta. ¡Atrás de mi asiento no hay nadie! ¡Diez asientos libres! La chica bonita no logra contener una sonrisa torcida. ¡¡Dios!! Ambos permanecemos de pie junto a mi asiento vacío y yo no sé qué hacer. Miro a mi alrededor y veo en el cobrador una mirada burlona. El chofer me mira por el espejo retrovisor y se ríe. Agarro mi celular desesperado. Marco el primer número que se me viene a la mente.

- Hola...qué haces? -digo, y no escucho la respuesta-. Ya casi estoy por llegar a la u -no sé qué me responden-. Sí...eh...nada-resoplo-. Ya casi llego, chau.

Bajo del micro simulando calma, mientras mis músculos se tensan y se relajan, se tensan y se relajan. Diría que tiemblo. Al arrancar el micro de nuevo, miro a la chica por última vez, por suerte no se fija en mí. Cruzo la avenida y entro a la Universidad. Una vez adentro hago lo mismo de siempre: le cuento a alguien y me burlo de mí mismo. Maldita manía.

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viernes, 4 de diciembre de 2009

Momento de locura: jsaksasakasj [título alternativo: experiencia desagradable 2]


Salgo de mi casa apurado y haciéndome el loco, porque me piden que aporte para el regalo del bebé. Nica -pienso. Así que corro, casi literalmente, y cierro la puerta de golpe. Ya está. Estoy fuera. Camino con la mente en blanco, mirando el cielo, la pista, al loco de la cuadra parado en su techo. "Vecino, ¿cómo estas?"-pregunta, y le respondo levantando la mano. Al cabo de un rato estoy en el colectivo, sentado en el lado izquierdo del asiento trasero, apretado por una señora y una chica joven (aunque mayor que yo). Otra vez me invade el pensamiento de siempre, la idea que me persigue cuando estoy en un colectivo: "Éste es uno de los pocos lugares en que se puede estar tan cerca de gente desconocida y no sentirte incómodo por estar callado". Luego, me imagino que estoy encima de la carretera y puedo ver a la gente metida en los autos, como si pudiera ver a través de los objetos, y pienso: qué extraña esa gente, que va tan tranquila en un río de silencio. Basta de tonterías. Sacudo la cabeza mientras busco el pasaje en mi pantalón . La O.R. ya está cerca. En mi bolsillo izquierdo: nada. En el bolsillo derecho...¡nada! ¿Qué? No, no. A ver...¡mier! No. No. No...¡de nuevo! ¡¡¡¡Me olvidé de sacar pasaje!!!! -grito internamente con todas mis fuerzas. No, las demás personas no me han escuchado. Y ahora...¿qué hago? Miro en todas direcciones. Ninguna de las personas me conoce. El conductor no me conoce. Yo no los conozco...¡Steyfer!¡Claro! La llamo, no importa si me escucha el conductor:

- ¿Dónde estás? -pregunto, exaltado, escuchando mis malas modales (aunque no hay tiempo para analizarme).
- Ah...por Huayna Cápac, ¿tú?.
- ¿Huayna Cápac? Ah, yo en el colectivo.
- Sí, por donde doblamos, por la avenida España.
- Genial, espérame en el paradero de colectivos...
- No tengo dinero, por si aca-me interrumpe.
- ¿¿Nada?? -lloro internamente.
- Bueno, sólo cincuenta céntimos.
- ¿Al menos aceptará eso, no?
- Ya, ya voy.

Uf. Al menos cincuenta céntimos, la mitad del pasaje...¡Espera! El colectivo no va de frente al paradero, ¡todos tenemos que bajar antes! Ahhhhhhh...
[momento de locura]
dskdakas
akadaksna
dkandkand
akadkana...
[fin de momento de locura]

¿y ahora?

Una señora hace detener el auto. Paga su pasaje. Y se voltea a verme. Tiene los ojos color café, y el cabello ondulado y rojizo. Me recuerda a mi madre (aunque eso no pienso cuando la veo). Me mira. Me mira. ¿Por qué me mira? De pronto, el rubor me sube desde el cuello y me calienta las orejas.

- Toma -me dice, extendiéndome un sol-. No te preocupes -agrega, al ver que mi mano tiembla-. A cualquiera nos puede pasar-y deposita el sol mientras no sé si sonreír, o llorar.

Y ahí me quedo, con la mano extendida. Menudo error. La chica joven que bajó para darle paso a la señora vuelve a entrar y me ve con el brazo hacia ella.

- ¿Qué?
- Nada...
- A cualquiera nos puede pasar -y me sonríe.

Dajdjdjlajdaldjaldjaldjald-momento de locura 2.

Luego, cuando le cuento a Steyfer, se ríe, me río, y me apeno. Dios, me sigo apenando...

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lunes, 28 de septiembre de 2009

Experiencia desagradable 1: No esperen algo chistoso (aunque se pueden reir u.u).

No les he contado, pero hace más de un mes que trabajo en Osiptel. Salgo a la calle, informo a la gente, y trato de resolver alguno que otro problema. Eso es gratificante, generalmente. Pero cuando vas a un pueblo alejado (Santiago de Chuco), y la persona a quien ayudaste es un hombre de mirada persistente, y demasiado interesado en tu persona, la cosa cambia.

Ayudé a un vigilante de la municipalidad con un problema que tenía con su celular y el tipo se quedó muy agradecido, tanto que cuando yo no estaba pedía mi nombre y celular a mis compañeros, y preguntaba por cuánto tiempo iba a quedarme por esos lugares. De inmediato empecé a sentirme incómodo, pero me olvidé al rato, atendiendo a más personas. Quizás sólo quería mayor referencia por si le sucedía algún otro percance, así quisieron entenderlo mis compañeros y le ofrecieron el número de Osiptel. El tipo aceptó y volvió a su puesto de vigilancia (a 3 metros de la carpa donde estábamos). Cuando regresé, después de pasearme por toda la plaza de armas, el tipo no dejaba de verme. Explicaba a una señora y el tipo no dejaba de verme. Lo peor era que cuando yo estaba cerca a él a mí no me decía nada, pero a mis compañeros les preguntaba cosas.
Al final del día nos fuimos a otro lugar a pasar la noche (idea promovida por mí desde el primer momento), para alivio mío, alivio que terminó yéndose cuando Steyfer (una amiga) me contó que le había dicho al tipo que nos íbamos a Cachicadán. Por suerte, nunca se apareció. Aunque aún, cuando lo recuerdo mirándome insistentemente, me vuelvo a sentir acosado.

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