- Pero yo elijo lo que vas a hurtar, total es mi regalo de cumpleaños -dijo ella, divertida.
Primero entraron a una librería, de esas donde sólo venden libros y revistas piratas, y recorrieron por todos los estantes, viendo afiches de origami, de cómo hacer cócteles, aprender guitarra. Al final se detuvieron un rato ante un libro de sexualidad y se sonrieron cómplices.
- Salgamos de aquí -dijo ella-. No vas a poder llevar nada, todo es muy grande.
- Mmm...¡Ya sé! Vamos a "Do it" -gritó el.
- ¡Ya!
Y corrieron directo a "Do it", desacelerando el paso al momento de entrar. Había un vigilante en la puerta. Él anotó mentalmente la posición de éste, y entró dispuesto a conseguir algo para su novia.
A un metro del vigilante, ella se puso a ver unos ganchitos. Eligió uno de mariposas y se los probó.
- Me gustan -dijo, y volvió a dejarlos en el lugar donde habían estado.
Él entendió perfectamente, y sin pensar cogió los ganchitos y los escondió en sus bolsillos. El vigilante parecía no haberse dado cuenta.
- ¡Ya vámonos! ¡Ya tengo los ganchitos! -casi grita, conteniéndose lo más que podía.
- No, espera, hay que hacer más tiempo, se verá sospechoso -y lo jaló por otros estantes a ver carteras.
De pronto, una señora se les acercó.
- Señorita, ayúdeme a decidir, ¿qué pares de aretes caen mejor con este brazalete?
- Mmm...éstos -dijeron ambos.
- Sí, ¿no? -sonrió-. Ya, gracias -y se retiró a unos metros de ellos.
- Mira esta cartera de mano, ¡qué bonita que es! -chilló ella.
- No me digas que también quieres...
- ¡No! Ya es suficiente -y lo besó.
- ¡Deténgase! -gritó un tipo de seguridad mientras caminaba hacia ellos. Los dos se quedaron pasmados, inmóviles, apretándose de la mano lo más que podían. Pero el de seguridad pasó de frente y fue hacia la señora. Los dos voltearon y escucharon todo.
- ¿Sí, señor? -contestó la señora.
- Enséñeme su brazalete.
- ¿Por qué? Sí es mío.
- Sólo enséñeme.
La señora extendió su brazo y ahí estaba, para sorpresa de ellos, el cartón del precio escondido debajo.
- Me tiene que acompañar -dijo el de seguridad.
- ¡Pero si este brazalete es mío! ¡Lo compré hace días!
- ¿Y el cartón? -inquirió el vigilante.
- Eh...¡es mío!
La señora fue llevada al mostrador, y aprovechando el pánico, preguntándose si habían cámaras en ese lugar, el y ella mejor safaron del lugar, entre asustados, divertidos, y culpables.
- Feliz cumpleaños amor -dijo él extendiéndole los ganchitos. Ella lo besó y se los puso-. Te quedan bien.
- ¡Todo me queda bien amor! -sonrió ella.
Y siguieron caminando por el centro, entre calles llenas de autos y esquinas con semáforos.



