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miércoles, 17 de junio de 2009

Hoy día, me copié de la estructura de la última entrada de nadroj.

Hoy día vi en el micro a una mujer muy solidaria: le pidió el empaque de galleta a una señora que tenía las manos ocupadas cargando a su bebé y zás, lo botó por la ventana, sonriendo por su buena acción del día. (Lamento no haberle gritado en el acto).

Hoy día regresé a la universidad, ávido de conocimientos después de tres días de indigestión y malestar general, para regresarme renegando porque nadie me avisó que no había clase. (Dormí hasta las 8pm).

Hoy día 3ric, un amigo, me hizo recordar que no he ido a una discoteca hace más de un año. (Lo peor es que nunca me da ganas).

Hoy día volví a entrar al msn desde el sábado, y como siempre, ya no sé ni para qué entro. (Quizás para seguir conversando con amigos que casi nunca encuentro, últimamente).

Hoy día se me ocurrió un tema para el corto que nadroj me exige desde hace días. (Se autodenominó director y a mí me dejó el cargo de guionista-actor de reparto >.>).

Hoy día me pasaron unas fotos muy hermosas. (Me animaron un montón).

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jueves, 14 de mayo de 2009

Semana de inconsciencia

La semana aún no acaba y ya estoy relatando mentalmente lo mucho por lo que he pasado. Las clases empezaron y me es inevitable, cuando los profesores hablan, perderme y divagar, recordar, y sonreír. No sé por qué hoy me vino la imagen del colegio: un amigo corriendo de mí, porque lo perseguía, con otro amigo, para darle correazos. Es automático, empiezan las clases y los recuerdos del cole me invaden, me salvan. Aún los sonidos de las reglas de metal cuando peléabamos resuenan en mi cabeza, y el dolor, tan extrañamente lleno de alegría, vuelve con imágenes de sangre en los brazos y amigas curándonos, tildándonos de salvajes.
En cuatro días he faltado a cinco clases, he seguido levantándome tarde, y no he estudiado absolutamente nada, ni siquiera inglés (el ECCE es el sábado). Es, como se me ocurrió en clase, una semana de inconsciencia. Una semana más en la que viajo al pasado mientras escucho derecho laboral, o mientras Finochetti nos obliga a llevar pañuelos, llamándonos ignorantes, y gritando.
Estoy seguro que inmediatamente después de dar el michigan, la responsabilidad me volverá a acusar, y agarraré las mil lecturas que nos han dejado, y volveré a ir a clases sagradamente, a vagar y rayar algunos dibujos abstractos o a mirar fijamente algún punto mientras me pierdo en el derecho. Debería escribir un cuento. Debería.

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lunes, 27 de abril de 2009

Diario de la chica de las zapatillas converse (el archivo completo pulula por la red):

23 de abril (obvio que de 2009)

Querido notebook:

La otra vez un virus se metió en mi PC y un amigo me dijo que no había remedio para mi estupidez. Felizmente para el disco duro, sí. Nos arruinó toda la mañana a mí y a don Clarinete (me encanta hacerlo rabiar así, él se eriza todito y grita: “¡¡¡Oboe!!!!!!”). Estuvo, mi amigo, metido en mi habitación probando códigos y cosas, se trajo un estuche lleno de discos con softwares y sistemas operativos. “Windows es bullshit” me comentó. “Es lo que hay”, le respondí. “No”, contestó, y a continuación se puso a hablarme de Linux y de Mac os, y me enseñó su polo con un pingüino muy lindo y su billetera con un dibujo de una manzana. Normalmente le diría, sí, sí, y me iría a la sala o a cocinar (que se me da muy bien cuando me estreso), pero como tenía la esperanza de que no me cobrara nada, me quedé. Además de que me parecía que, de haberlo dejado solo, ahora mismo me faltaría ropa interior.

Mi novio daba vueltas, oliendo como siempre huele desde que nos conocimos. Me estaba estresando con sus miraditas al reloj y sus gruñidos. Cuando las cosas no salen como las planea se irrita mucho, y yo al principio pude lidiar con eso, fácilmente: haciendo que todo salga como planeó. Es una persona tan meticulosa y justo por eso a veces tiene sus ratos tan desesperadamente desesperados y a pesar de que yo soy tan mona y tan tranquila incluso a veces él me desespera con tanta desesperación… ay, casi me enredo.

Cuando ya no aguantaba más, el pobre pegaba un grito: “Lucy, ¡esto se arregla fácil con una formateada! No sé por qué se tarda tanto”. Y yo le respondía: “Don Oboe, ése método es muy bestia. Yo quiero conservar todos mis documentos. Piense en mi diario, lo tengo allí. Toda mi vida escrita desde los quince ¿Acaso no le importa que se pierdan mis recuerdos de lo que soy?” Me puse dramática. Pero también era cierto, y él estaba siendo muy desconsiderado conmigo. Sabe bien que sufro de la memoria y casi no puedo recordar muchos años de mi vida, a las justas y tengo unas pocas imágenes mentales. Capítulos de mi existencia, enteros, están en ese diario. Los releo seguido para no olvidarme de lo que he vivido, pero aún así hay veces en que las imágenes no me vienen, no puedo recordar tampoco las sensaciones que pasé en aquellos momentos. Es desesperante, hay pasajes enteros que se me hacen completamente ajenos, como si fueran una novela escrita por otra persona. Por suerte sigo recordando la mayor parte de cosas.






Bueno, pero allí estaba yo, pobrecita, llorando a mil pupilas (buena, Vallejo), porque también me había dado la ruler, y tal. Don Clarinete se estaba disculpando un poco, pero yo ya lo sentía como un completo, insensible y barbudo extraño. Seguía teniendo su gracia, la misma que le vi la primera vez que nos vimos, en la perfumería. Era tan mono, pero a veces tan simio, tan gorila, que no sabía qué andaba haciendo con él.

Al final mi amigo friki me avisó que ya había acabo con las reparaciones, pero no se movió de mi habitación y miraba todos mis objetos y prendas personales con ojos de perrito emocionado. “Ni hablar”, me dije. “A éste yo no le regalo mi ropa interior”. Al final captó el mensaje y me dijo: “Reparado. Además de veinte mil virus, tenías también unos cuantos troyanos. Lo cual quiere decir que ahora mismo los archivos de tu diario deben estar dando vueltas por la red”. “No me importa”, le contesté. “¿Cuánto te debo?”, pregunta por compromiso. “Qué dices, no me debes nada, pero sólo porque se trata de ti, mi Lucy in the sky”.

Me llama así por una canción de los Beatles que yo no conocía, pero que desde que la oí, me fascina, y él también, en parte, me fascina cuando me llama así: su Lucy in the sky. De todas formas, eso no vale una prenda ropa interior.

Salimos de la habitación, eran ya como las 2 de la tarde y en resumen el día de picnic se había ido a la basura. Sentado en el sofá don Clarinete miraba a mi amigo con cara de perro rabioso. Todos estuvimos callados por unos segundos, hasta que mi amigo soltó un: “¿Y que hay de comer?”. “Rodrigo, pero si tú vives al frente”, le gritó mi novio. Creo que captó la indirecta, su rostro se desinfló un poco, se despidió y se fue.

Luego de comernos lo del picnic en la mesa de la cocina, él me dio un beso y se marchó. Yo me pasé el resto de la tarde mirando películas.

Pregunta del día: ¿Por qué las cosas ya no son como antes?

Lucy



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lunes, 13 de abril de 2009

La culpa es del alzheimer. Pregúntale al botón.


Bajé del micro despacio, porque el pantalón se me caía. Sí, me había puesto el pantalón que le falta el botón, y para colmo, sin correa, ¡ah! Lo peor fue cuando me sacaron al frente, a la pizarra en clase, pero mejor olvidar. No pasó nada.
Bajé del micro y noté que éste no continuaba su paso, por algo se había detenido. Volteé a los pocos pasos, inquieto, imposible no mirar. Una señora de estatura promedio, de años ya avanzados, cabellera canosa y espalda curva bajaba también, mucho más despacio claro, y con muchos más bultos: un saco a la espalda, una bolsa de paja, y otra de plástico. Yo sólo llevaba mi libro con la mano izquierda, y el pantalón con la derecha...mm...tendría que ayudarla, si seguía mi camino.
Crucé la pista para asegurarme, y no ofrecerme a cargar tanto por una dirección que no era la mía. La señora hizo lo mismo, y yo reduje el paso, mirando de reojo cómo se acercaba, y mirando de vez en cuando con giros rápidos sobre mi hombro. Estaba cerca. Estaba a mi costado. Aquí venía. Venía.

- Buenas tardes señora -sonreí.
- Buenas joven -sonrió.
- ¿Le ayudo, señora? -pregunté, devolviéndole la sonrisa, mientras a ella aún le duraba la anterior.
- NO. GRACIAS -y aceleró el paso, muy seria.

- Pobre -me dije-. No sabe que aún queda gente buena en este mundo...aunque no se puede confiar en todos, claro...pero éste sería un ejemplo de que sí se puede confiar, en un muchacho alto, cabello y barba negros, moreno, grueso...ella tenía la ventaja...¡cómo se me olvidó! Era que le muestre mi pantalón sin botón y explicarle que así no podría correr, o sí, pero mejor no.

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