Cuando era pequeño, las carreteras me parecían gigantescas, y por cada movimiento ya se me venía el vómito. Era la parte más difícil. Siempre llevaba una bolsita plástica y limón para oler. "Ya hijito, ya, falta poco"-me decía mi madre, como si se tratara de una parte del proceso realmente necesaria. Pero sólo duraba hasta llegar al túnel. Cuando veía el túnel, o mejor dicho cuando me daba cuenta que sólo roca pasaba por la ventana y había una oscuridad profunda ante mis ojos, mis hermanos y yo gritábamos: "Túneeeeeeeeel". Era el comienzo de las vacaciones en Chimbote.
El domingo viajé de nuevo, y por segunda vez solo. Ya no tenía ganas de vomitar, ya la carretera era tranquila y normal, el movimiento del omnibus no me afectaba. Y tampoco grité en el túnel. Ahora tenía otra forma de expresar mi alegría: sonrisita muy bien expresada y que nadie la vio. Luego vino el olor a pescado, el que de pequeño me recordaba a Casa Grande. (Eran similares, pero el olor a pescado me movía el corazón, y el de la basura me daba dolor de cabeza).
Regresé el mismo día. Cuando uno crece, cada vez se va sintiendo el peso del tiempo, y no sólo en el rostro (eso es lo de menos), sino en los pies: Ya no puedes moverte libremente como antes, las responsabilidades te atan. "Crece y no serás libre"-decían. Tatai.