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domingo, 19 de abril de 2009

Suerte de Noctámbulo

Las ojeras ya no se notaban mucho, había dormido lo suficiente como para recuperar la vitalidad de sus ojos; el cuerpo era otra cosa, el cuerpo terminaba molido a palos cada vez que despertaba. Soñar, soñar, qué haría él si no soñara, si de pronto su cerebro se diera cuenta que su cuerpo siempre permanecía quieto, y no necesitaba todas sus calorías. Cerebro tonto. Sin embargo, a pesar de todo, se iba sonriendo (reír era mucho, no podía), qué cosas, que imaginativo su cerebro, o confuso, o chiflado. Sonreía. Y maldecía. Ya no supo qué mas sentir, cuando se sentó en el asiento marrón y en la mesita redonda jaspeada, y la chica amablemente le alcanzó dos cuadernos.

- Señor, se olvidó su cuaderno la vez pasada. Está completo, incluso las hojas sueltas.

No respondió de inmediato. Se habían leído su cuaderno enterito, lo juraba, estaba seguro. Se habían burlado de él y no en su delante. Todos sus escritos habían pasado de mano en mano, y ahora yacían ultrajados en las suyas, cochinos y tristes. Torpe, cómo había regresado a ese lugar. Cómo se sentó en la misma mesa de siempre...cómo, ¡maldito animal de costumbres!

- Je, gracias...-contestó-. Pensé que lo había perdido. Es un alivio.
- Me imagino, perder toda su obra -susurró ella-. Muy buena, por cierto.

Y se retiró livianita, en sus patines de cuatro ruedas. Su cuaderno verde moría a un costado de la mesa. No le quedó mas que leer la carta, sin saber para qué, si eran los mismos cafés de siempre. Levantó la mano y enseguida le trajeron su capuccino y su empanada de avena, retiraron la carta y lo dejaron solo, como si fuera parte del trato, o si el lugar ofreciera un trato especial a escritores. En fin, tomó nerviosísimo, se quemó nerviosísimo, y terminó. Terminó y no quiso levantarse. Cómo quería arrastrarse por el suelo, poder desaparecer con un parpadeo, ser teletransportado por el Dr. Manhattan, no le importaba el vómito o la luz azul. Pero no habían tales cosas, sólo él y los miles de ojos de señoritas sonrientes y bufonas, detrás de falsas intenciones.
Se paró. Se paró y se hizo el silencio, las carcajadas estallaron en su mente, como ecos que avecinaban el futuro. Silencio. Prácticamente corrió a la salida.

- ¡Señor! -un grito en la nada, y encima femenino.

Se volteó, jadeante.

- La cuenta, señor. Aún no ha pagado.

¡¡Dios!! Regresó rápidamente, se disculpó, dejó mil propinas, y salió asintiendo a los comensales...

- ¡Señor!

Ahh...gritó mentalmente, ¡quéeeee!

- ¿Sí? -contuvo la ira- ¿Qué pasa?
- Su cuaderno marrón. Se le cayó...

Miró a donde la señorita le indicaba. Un pequeño cuaderno marrón, tirado en el suelo, pedía auxilio. Se lo imaginaba. Escuchaba su voz interior. ¡No dejes que me lean!..., pequeñas voces suplicaban, se achicaba el espacio, los alrededores se borraban.
Salió despavorido del café, con los cuadernos bajo el brazo. En el camino, más calmado ya, y cuando la casa de doña Luchita era visible, leyó el título, "Manual para entender a las mujeres". Se echó a reír. Algo productivo había salido de tanto sufrimiento mental. Abrió su pobre pasta y contempló...Vacío. Se mató de la risa. Entendía la broma. Había que llenarlo primero, y ponerle el nombre de la mujer al inicio. Jaja, se imaginó. Jaja. ¡Que Florcita se merecía veinte volúmenes!

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