Era miércoles y me iba a ver con mi enamorada. Eran las siete de la mañana, e indudablemente me había olvidado de nuevo que a esas horas no era buena idea sentarse en el último asiento del micro; pero ahí estaba, preguntándome cómo haría para salir. Suspiré, resignado ante la idea, y empecé a caminar por el pasadizo cuadras antes de mi paradero, cada paso dado con todo el peso de mi cuerpo encima. Ya por la mitad, me di cuenta que dos tipos se hicieron una seña con la mirada. Quizás hablaban de mí, pero no le di importancia. Seguí caminando, haciéndome paso con mi maletín. Primero pasé al tipo vestido con ropa deportiva. Pero no pude pasar al otro. Justo cuando el micro se detuvo donde tenía que bajarme, el otro tipo, que iba de terno, se agachó a recoger una moneda y se cayó sobre mí, evitando que continuara. Lo empujé, lo empujé, y fue inútil. El micro otra vez reanudó la marcha. Por un momento pensé en golpearlo, pero mi cerebro hizo sinapsis y me detuvo. Una sinapsis paranoica y descabellada: “!!!” Instintivamente me llevé la mano al bolsillo: ¡mi celular no estaba! Volteé y me choqué con la mirada del de gorra, miré por un microsegundo su rostro y después sus manos, ocultas por la chimpunera. Me lancé sin pensar. Empecé a rebuscar entre sus cosas, haciendo fuerza para que me mostrara sus manos. Y sí, debajo de un trapo o chompa encontré mi celular. ¡Se lo arranché sin dudarlo!, y de nuevo le miré al rostro: “Se te había caído”-me dijo, con una voz de niño arrepentido.
Me bajé a la cuadra siguiente, avisándole al cobrador de esos dos choros. En el camino mi corazón seguía latiendo y poco a poco me fui dando cuenta de lo irracional que había sido.
Aunque esta vez ser irracional sí sirvió.


