El recuerdo que tengo sobre haber ido al cine con ellos, con dos de mis mejores amigos en el viejo cine Urgell, hace ya veinte años, la verdad es que me pone enfermo.
No es mentira. Lo digo de verdad, los amo, pero aquella vez los odié con pasión.
Y eso que no me considero un tipo listo ni especial, no crean, en realidad pienso que soy muy tarado la mayor parte del tiempo.
Era así, de los días en los que no me gustaba el cine en particular, y me daba lo mismo ver lo que me pusieran delante, me soplaba cualquier cosa. No tenía estómago. Salvo aquella vez, que nos pusieron una comedia para enfermarse, y yo al principio estuve como bueno, me da igual, acabando la proyección la pondremos a parir. Entonces se empezó a reír toda la sala. Panda de cretinos, dije, no tienen sentido del humor. Hasta entonces normal, pero luego llegó una escena, no la recuerdo bien, así que me inventaré cualquier cosa, la escena era tan mala, que con inventarme lo que sea ya le hago justicia: digamos por ejemplo, que el protagonista se apoya en una escalera de biblioteca y la chica que estaba en la cima, buscando un libro, se le cae de piernas sobre los hombros y ambos, chica y protagonista se la pasan todo el plano balanceándose de un lugar a otro con sendas caras de idiotas. Fue cuando ellos empezaron a reír.
Angelina y Robert se partían recontra cómplices, ignorándome soberanamente, mientras yo los miraba atónito, como bicho intergaláctico. Y ahora los amo, pero aquella vez los odié con el corazón. ¿Cómo se supone que uno pueda reírse de eso?
Verlos así de contentos, los dos juntos, sin ocuparse un poco de mí me hizo sentir condenadamente solo y enfermo, en especial porque sabía que Angelina se moría entera por Robert, y estar a su lado la ponía loquita. Comedias estúpidas incluidas.
Era para vomitar.
