De repente, la presentación terminó y Bryce se puso de pie. Ningún anuncio por el micrófono. La gente, sin pensarlo, empezó a caminar hacia el frente, y Bryce que se enceguecía con los flashes, los pedidos, las habladurías en su oído.
Él no se quedó atrás, también corrió a verlo, a tomarle foto, a exigirle que le firmase a Julius, que se lo debía, que no se hiciera el loco.
Y así fue, sólo que no le dijo todo. Bordeó la muchedumbre por el lado izquierdo y se puso en su delante, tendiéndole la mano. Bryce sólo lo miró, tratando de aclarar su mente, y le estrechó la mano. No pudo más. Los reclamos se le olvidaron y sólo atinó a pedirle, entre tartamudeos, que le firmase el libro. "Lo siento, en la mañana ya firmé todos los libros". Fin. Se fue bajando las gradas y se metió en el primer taxi que le consiguieron, a continuar la borrachera que horas antes había empezado. Decepcionado, prefirió excusarlo y pensar que estaba cansado, que la edad, ¡y los flashes! Se retiró a su casa, a leer Tokio Blues: Naoko, Watanabe, Murakami. Norwegian Wood:


