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jueves, 7 de mayo de 2009

a splitted heart ...


Bajaba yo en la estación de la universidad. Ella había salido detrás de mí y se puso a caminar a mi lado. “Hola”, soltó. “Qué tal”, dije. Noté que no llevaba ni mochila ni la carpeta verde de la Autónoma. “¿Estudias aquí?” le pregunté, “No”. “Ah, seguro vienes a la biblioteca”, “tampoco”, dijo ella. “ahmmm… ¿entonces?”, pregunté. “Te estoy siguiendo”, dijo con tranquilidad. “¿A mí? ¿Por qué?”, me sorprendí. “Porque me acabo de enamorar de ti”, confesó.

“Eso es imposible”, respondí con naturalidad. “No, no lo es”, me contestó ella. “Sí, mira. Sólo puedes enamorarte de la gente que conoces. Y tú y yo no nos conocemos”. “Supuestamente, pero aún así, lo estoy”, insistió ella. “No, no lo estás, repliqué, no se trata sólo de imaginarte cómo puedo ser. Te estás engañando. Uno se enamora sólo de alguien en la medida en que lo conoce, ¿entiendes?”. “Pero yo ya te conozco. Te estuve observando en el tren mientras leías”. “Eso no es conocerme”, sonreí. “Sí lo es, para mí sí. En tu piel hay más que eso, en tus movimientos, en lo sitios que tocas dejas cosas tuyas. En tu forma de vestir y de mirarme ahora mismo, hay mucho calor, y me reconforta. Porque sé muy bien qué clase de persona me está mirando. No se trata de un ejercicio de observación, porque no es algo que yo pueda explicar racionalmente. Es que está allí, yo sólo lo tomo y entonces siento como si ya te conociera. ¿Entiendes?”. “No”. “No importa. Es como un don. Nadie tiene por qué entenderlo”, dijo ella. “Es cierto”, asentí. “…a cada quien lo suyo”.

“Me gusta que sonrías”, me dijo, “… me llena mucho”.

“Me alegro”, reí. “Lástima que no tengamos futuro”, balbuceó ella. “¿Ah sí?”. “Acabaríamos muy pronto. Diría que en menos de un mes”. De pronto pareció como si su alegría se desinflara. “¿Por qué lo dices?”, pregunté. “¿No lo entiendes?, se fastidió. Poco a poco empezaría a hacerte daño. Es inevitable. No pasa seguido, pero esta es una ciudad muy poblada. Y a mí el corazón me da un vuelco en el momento más inesperado. No podría mantener mi atención sólo en ti. Me sería imposible”, admitió.

“Sigo sin entender”, dije.

“26”, “¿Qué?”, “26”, murmuró. “Eres la persona número 26 de la que me he enamorado este año”.

Y luego de decir esto, dio media vuelta y deshizo sus pasos de regreso a la estación. Yo me quedé de pie sin saber qué decir. Antes de perderse entre la gente, ella volteó como tratando de ubicarme por última vez. Mirarla así fue insoportablemente triste.

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martes, 24 de marzo de 2009

El piojo resentido


Depositaba un poco de sangre en un tazón sucio y bebía con amargura. ¿Qué lo había empujado a tener esa vida en el exilio? Era un piojo en una cabeza de calvo. Tenía su cabaña en aquella solitaria islita de cabellos negros y meditaba a diario sobre el motivo piojil de su existencia.
Era un piojo ermitaño, se había recluido, asqueado de la sociedad piojil, harto de sus orgías y excesos. ¡Oh, sí! Lo había visto ya muchas veces. Así lo narra:

Al principio eran solo unos pocos colonos los que llegaban a la cabeza de turno, en los albores de la comunidad. Pero los insensatos muy pronto se reproducían y antes de darse cuenta, legiones de piojos vivían y comerciaban en la nueva y efímera metrópoli. Entonces los días estaban contados, era cuestión de tiempo hasta que el anfitrión tomara consciencia de nosotros y emprendiera el exterminio. Primero atacaba nuestro espacio. Un buen día aparecían naves de metal inmensas en el cielo que depredaban nuestros bosques. Así sin previo aviso, los más jóvenes que, desafortunadamente, trepaban a esas horas las partes más altas, caían al vacío. Algunos lográbamos pegar un buen salto y nos sujetábamos de una rama resistente, entonces bajábamos y corríamos a casa a refugiarnos en nuestros escondites.
Muy pronto todo pasaba, venía la calma y salíamos a las calles a ver en lo que se había convertido nuestra comunidad. Muchos de los nuestros desaparecieron para no volver. Los llorábamos en silencio, conscientes de que ya no había tiempo para lamentarnos.
Segundo movimiento. Inundaciones químicas. Eran días y semanas de continuos embates y derramamientos de líquidos tóxicos sobre los restos de nuestra metrópoli. Para entonces a algunos ya nos parecía suficiente guerra. Durante esas últimas etapas, los más jóvenes de nosotros saltábamos en busca de otros rumbos, viajábamos a nuevas tierras en las cuales poder restaurar nuestra cultura. Atrás dejábamos a los más viejos, a los que habían crecido amando las antiguas tierras y, ante el inminente final, no hacían más que sentarse frente a sus puertas a esperar tranquilos a la muerte.
Nosotros no nos quedábamos para ver eso. Viajábamos, aventureros, emprendedores.


Un buen día yo me descubrí en una joven cabeza. Poca caspa, abundante cabello, las condiciones necesarias para la vida. Me instalé con discreción en una porción de bosque de trópico y viví con humildad. Pero, ¡Oh, qué desgracia! Poco tiempo pasó y descubrí que otra pareja de piojos colonos había descubierto mi nuevo mundo, e incluso que ya habían empezado a reproducirse. Nacían unos tras otros, se multiplicaban en razón geométrica como asquerosas pulgas.
Antes de darme cuenta ya tenía jovenzuelos merodeando de noche por mis tierras. Afortunadamente yo aún conservaba la vitalidad necesaria y salía en las madrugadas a darles caza. Mataba a cuatro o tres por noche, el resto huía. Cuánto me regocijaba con el ejercicio de defender lo que era mío. Lástima que muy pronto me veía superado en número. Cada vez eran más y ya no podía lidiar contra ellos. “Deja de matarnos y vive con nosotros. Enséñanos tu ciencia”. No pasaban muchos días y tenía que verme forzado a compartir mis dominios, a enseñarles a producir, a trabajar y vivir, siempre obligado, nunca por mi propio deseo.
Prosperaban, como siempre lo hacían. Siempre crecen y fundan pequeñas ciudades interconectadas, desarrollan medios de comunicación, arte y diversas manifestaciones culturales. Malditos ellos, se enriquecen y oprimen unos a otros, progresan maravillosamente y se jactan creyendo que reinventan la civilización. No saben que su florecimiento será su tumba. Sus vicios los matarán, sus excesos los borrarán del mapa. Porque al final el anfitrión se da cuenta.

En medio de la noche, en una de esas orgías de celebraciones por el día de San Piojo-Colono-Pionero, fundador ilustre; una extraña y gigantesca máquina aparece en el cielo y con largas placas de queratina remueve los edificios, las junglas tranquilas. Tiemblan todos ellos, sorprendidos en su lujuria y se ven corriendo en medio de la noche al refugio más cercano.
Me largo a la primera oportunidad que tengo, consciente del fin de aquella nueva civilización. Ellos se ríen y me dicen: “Está bien, vete si no nos conoces lo suficiente para darte cuenta de que nos sobrepondremos”. Es cierto, levantarán otra vez sus redes y edificios. Ya tienen incluso obreros trabajando en la reconstrucción del palacio general. Pero yo sé que esto no ha hecho más que comenzar.
Me hubiera gustado quedarme a verlos morir.

Sí, cuántas veces he visto repetirse esta historia. Tengo muchos años piojiles sobre mis espaldas, pero aún conservo la fuerza para vivir, el ímpetu necesario para salir a llenar mis alforjas con alimento y volver al final del día a reposar, sentado bajo el portal de mi cabaña. Estoy aquí en esta cabeza de calvo, autoexiliado, un piojo ermitaño en la lejanía donde no llegan las noticias de los míos. Vivo a mi gusto y en mis propias reglas, con lo justo para sobrevivir, sin hacer ruido, sin llamar la atención del humano.
Solo que cada noche, ¡ay! Cuando me recuesto en mi cama, cuánto añoro el calor de una jovenzuela loca y cariñosa. Pero miro a mi alrededor y me doy cuenta de que no tengo a nadie a más que a mi mismo.
Entonces la desesperación me invade y busco vano placer en la bebida. Agoto mis reservas en la despensa y me quedo inconsciente hasta el otro día.●

Nuestro amigo el piojo despierta una mañana con resaca, tendido en su jardín. Ese día camina sin parar, recto hasta el norte, donde empiezan los cabellos cortos y en formas de duna. Mira al precipicio, a los ojos grandes como mares y a los párpados, pestañeando en milésimas de segundo. Hoy no tiene el valor para saltar, pero yo sé que, abrumado, algún día… algún día.

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viernes, 13 de marzo de 2009

La clase

Roberto explicaba diseño periodístico frente a una clase honestamente desinteresada en su materia.
Una gota de sudor recorría su frente cada vez que comprobaba que sus más elaboradas explicaciones y metáforas didácticas no surtían ningún efecto sobre su clase:
-Una pareja allá al fondo se apachurraba entre suculentas besuqueadas.
-Una tía robusta de las primeras filas leía La Vanguardia sin más reparos.
-Y por si fuera poco, carpetas más acá, un grupo de más o menos 5 o 7 alumnos emprendían una misión virtual en mundo de Warcraft, pasando olímpicamente de la clase.

Era así todas las semanas. Cada viernes de 8-9 Roberto le explicaba su clase a la pared. Exponía acerca de la importancia de los elementos de la página, los tamaños y márgenes, parloteaba sobre las zonas donde más se suele posar la vista en una portada de diario y etc.… “condenados mocosos…”.

Un día Roberto llegó con un revólver escondido en los pantalones, cerró el salón con llave y le pegó un tiro a todo el mundo. "Ay, qué alivio", dijo.

“…cuán útil es la literatura para cuando no puedes matarlos en la vida real.”

Roberto, el profesor matón.


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viernes, 14 de noviembre de 2008

Ocaso

© JBF mx


- Ven, quiero decirte algo -le dijo ella desde el árbol, con una ternura irresistible y casi sensual. Parecía una niña caprichosa, imposible ignorarla. Así que trepó lentamente el árbol y llegó tembloroso, a la rama gruesa que ahora sostenía a los dos. Nunca había trepado a uno, ésta era su primera vez, y esa idea le gustaba. Le gustaba mucho.
- Qué alto te gusta subir, eh –empezó él, no sabía cómo romper el hielo, es decir, el suyo, porque ella no paraba de reírse secretamente de su nerviosismo.
- De acá se ve mejor todo… incluso tus formadas nalgas –y sonrió, descaradamente. Él casi se cae, estrepitosamente del árbol. Un movimiento en falso, una vacilación del brazo, y ya estaba abajo, si no fuera por las manos ágiles de ella, tan atentamente ida y presta.
- Wow, esa estuvo cerca…eh… ¿para qué me llamaste? –preguntó, haciéndose el loco.
- Ah, sí, quería decirte algo.
- Dale, escucho –alegre de haber cambiado el tema.
- Pues…es difícil .
- Ya… seguro lo es. Tú no eres así.
- ¿Cómo así?
- Vacilante…siempre andas sin ataduras y de pronto hoy tienes muchos nudos. Raro.
- Jah, cierto… -y rápidamente se inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla.
- ¿Y eso por qué fue? Digo…gracias, je, pero…qué pasó…
- Por nada.
- Ya… –estaba acostumbrado a sus arranques de afecto.- ¿ Entonces?
- Me voy.
- ¿Qué?, si todavía es temprano, el sol ni siquiera se oculta y en la noche te…
- No, me voy de la ciudad –lo miró directamente a los ojos.
- ¿Qué?, ¿Por? ,¡¿Cuándo?!
- Pronto. Es mejor que no lo sepas…hoy es nuestra despedida.

Había empezado a oscurecer.

- ¿De verdad me quieres? –dijo él después de un rato.
- Claro tontito –y le sonrió mientras le golpeaba dulcemente la cabeza.
- Nunca nos besamos.
- ¡Todavía no hables en pasado! ¡No, no!
- ¿Ah no? ¿Qué más da? El sol ya se oculta.
- ¿Tú me quieres? –se atrevió ella.- ¿De verdad?
- Yo te amo.
- Ya…-suspiró.- Ahora me podré ir tranquila.
- No entiendo.
- Sí, si me amas no me iré del todo. Este lugar sería feo sin mí –y rió forzadamente, ocultando el frío.

Bajaron del árbol, de noche ya, y se agarraron de la mano. Caminaron hasta la ciudad a través del bosque oscuro, y salieron a la luz, la más artificial e hiriente que pudieron encontrar.
Jamás se iría del todo.

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