Bajaba yo en la estación de la universidad. Ella había salido detrás de mí y se puso a caminar a mi lado. “Hola”, soltó. “Qué tal”, dije. Noté que no llevaba ni mochila ni la carpeta verde de la Autónoma. “¿Estudias aquí?” le pregunté, “No”. “Ah, seguro vienes a la biblioteca”, “tampoco”, dijo ella. “ahmmm… ¿entonces?”, pregunté. “Te estoy siguiendo”, dijo con tranquilidad. “¿A mí? ¿Por qué?”, me sorprendí. “Porque me acabo de enamorar de ti”, confesó.
“Eso es imposible”, respondí con naturalidad. “No, no lo es”, me contestó ella. “Sí, mira. Sólo puedes enamorarte de la gente que conoces. Y tú y yo no nos conocemos”. “Supuestamente, pero aún así, lo estoy”, insistió ella. “No, no lo estás, repliqué, no se trata sólo de imaginarte cómo puedo ser. Te estás engañando. Uno se enamora sólo de alguien en la medida en que lo conoce, ¿entiendes?”. “Pero yo ya te conozco. Te estuve observando en el tren mientras leías”. “Eso no es conocerme”, sonreí. “Sí lo es, para mí sí. En tu piel hay más que eso, en tus movimientos, en lo sitios que tocas dejas cosas tuyas. En tu forma de vestir y de mirarme ahora mismo, hay mucho calor, y me reconforta. Porque sé muy bien qué clase de persona me está mirando. No se trata de un ejercicio de observación, porque no es algo que yo pueda explicar racionalmente. Es que está allí, yo sólo lo tomo y entonces siento como si ya te conociera. ¿Entiendes?”. “No”. “No importa. Es como un don. Nadie tiene por qué entenderlo”, dijo ella. “Es cierto”, asentí. “…a cada quien lo suyo”.
“Me gusta que sonrías”, me dijo, “… me llena mucho”.
“Me alegro”, reí. “Lástima que no tengamos futuro”, balbuceó ella. “¿Ah sí?”. “Acabaríamos muy pronto. Diría que en menos de un mes”. De pronto pareció como si su alegría se desinflara. “¿Por qué lo dices?”, pregunté. “¿No lo entiendes?, se fastidió. Poco a poco empezaría a hacerte daño. Es inevitable. No pasa seguido, pero esta es una ciudad muy poblada. Y a mí el corazón me da un vuelco en el momento más inesperado. No podría mantener mi atención sólo en ti. Me sería imposible”, admitió.
“Sigo sin entender”, dije.
“26”, “¿Qué?”, “26”, murmuró. “Eres la persona número 26 de la que me he enamorado este año”.
Y luego de decir esto, dio media vuelta y deshizo sus pasos de regreso a la estación. Yo me quedé de pie sin saber qué decir. Antes de perderse entre la gente, ella volteó como tratando de ubicarme por última vez. Mirarla así fue insoportablemente triste.


