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sábado, 1 de mayo de 2010

Zumbidos en la oscuridad


Conversaba con Maggy en mi carpeta, viéndola sonreir mientras me hablaba, volteada hacia mí. Los ruidos alrededor eran como zumbidos borrosos (como si los sonidos ocasionaran ecos y se pudiera ver, de reojo, las ondas expansivas). Era Steýfer, la que desde el otro lado del salón me llamaba. Desvié mi vista y empecé a leer sus labios: "Mi-ra... a... la... pue-rta". Alcé la vista y ahí estaba Rodney...¡Rodney! ¿Cómo era posible? Habíamos quedado a las 7, no a las 5...¿¿qué?? ¡Ya son las 7!
Leydi pidió permiso y empezó a salir del salón, Steýfer hizo lo mismo sin decir nada. ¿Debería salir? Ya eran las 7 y teníamos que irnos. Comencé a levantarme lentamente y avancé dos pasos. Steýfer ya casi llegaba a la puerta. Mi pierna flaqueó. En mi visión, su espalda era una mancha celeste de lana. La luz se volvió angosta, los bordes borrosos de las imágenes avanzaban rápidamente mientras un pesado dolor me cerraba los ojos...me perdía, mis párpados eran sometidos hacia bajo junto con mi cuerpo, y yo caía, caía, mientras pensaba en la oscuridad: ¿Estoy echado en el piso?, ¿Maggy ya habrá reaccionado...?

Oscuridad plena...Oscuridad que se vuelve más oscura aún, como si cada centímetro fuese más negro que el anterior, y yo caigo, ¡caigo! La oscuridad se estremece y me asusto, cada molécula de mi cuerpo se empieza a adormecer y sé que se acerca lo inevitable. Caigo...
Mi cabeza se detiene y mi cuerpo me jala hacia abajo. ¡No quiero seguir cayendo!, grito con fuerza desde alguna región de mi ser, y, mágicamente, comienzo a ascender. Asciendo...asciendo...y despierto.

Sudando en mi cama, arrodillado como si estuviera al borde del pozo, me quedo mirando mi almohada.

- Uff...casi me da una parálisis* -pienso.

Me acomodo entre las sábanas y vuelvo a cerrar los ojos. Esta vez duermo plácidamente.
.................
*Parálisis de sueño.

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jueves, 7 de enero de 2010

Los guionistas de mis sueños

idea pa'l dibujo: sueño + ciudad de la furia


oh, my soul... han vuelto a escribir.

Ayer soñé como tres pelis enteritas. Y me extraña mucho porque hasta hace poco los malditos solo me hacían soñar el mismo éxito de taquilla una y otra vez, o sea: yo volando. Y todo tan monótono. Entonces cuando me tocaba hablar de sueños con wingerr, me sacaba el ancho porque ese pata sueña en veinte dimensiones y ve cinco profecías cada noche. Pero ya no, nunca más. Ahora yo también sueño interesante.


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miércoles, 15 de abril de 2009

La chica converse I (...?)

Au, au… achú. Au, au, se había resbalado en un charco. En invierno sus converse hechas para el sol le entumecían los pies. Alzando la vista, mejor, le dieron muchas ganas de maldecir. Pobrecita ella, y eso que no era linda, pero tenía su gracia. Ya me hubiera gustado a mí contar una historia sobre ella, escribirla. Era dulce, no sé; por si interesa. Me imagino que tenía un novio por alguna parte, pero que de todas formas en aquel momento eso no la hacía feliz. No, y en especial con la lluvia, no. Aunque en algún sitio y desde un balcón aquí nada más, doblando la esquina; podría haber estado un muchacho feliz de la vida y feliz de que esté lloviendo. Y justo por debajo, pasando ella sin enterarse y él tampoco, y aunque así fuera qué más da. No cruzarían palabra, nunca, nunca de los jamases, por más buenos amigos que hubieran podido ser, ojo, aunque eso no me queda claro. Lo que sí es que talvez casi fueron vecinos. En fin. Ella vivía sola, no, mejor con su novio; y trabajaba de dependienta en una tienda de perfumes (o sea que siempre olía rico). Entonces ya sé, salía de trabajar aquella noche cuando le cogió la lluvia, pero ella ya venía con su paraguas. Camino a casa recordó que ya no tenían fideos y pasó por un súper, aunque casi no entra porque recordemos que antes de todo se cayó. Quedó con una pierna estirada y la otra en flexión, como una bailarina en el piso, además de que ya llevaba su tutú de ballet. Cuando terminó de ver estrellitas allstar, creo que furiosa, entro al súper y cogió los fideos más baratos, pagó y se largó. Lástima que se olvidara de abrir el paraguas antes de salir, porque una brisa sopló mientras lo hacía y se le volteó todo, el viento lo arrastró por el suelo y un automóvil le pasó por encima. Maldijo en inglés porque le parecía bien nice y bajando la cabeza vio sus red converse empapadas y casi como si tuviera rayos x, vio la gripe subir desde sus tobillos a lo largo de todo su cuerpo hasta embotarse en su nariz: ¡Achú!

Sí, creo que esto último fue lo primero de lo que me enteré cuando intenté contar sobre ella. Y me imagino además que en algún departamento de por ahí, su novio se termina una caja de cereales del capitán Cornflake o algo así, mira la tele y juguetea aburrido con sus pantuflas de conejo, pensando en las muchísimas ganas que tiene de comer fideos... mmm... fideos.

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martes, 24 de marzo de 2009

El piojo resentido


Depositaba un poco de sangre en un tazón sucio y bebía con amargura. ¿Qué lo había empujado a tener esa vida en el exilio? Era un piojo en una cabeza de calvo. Tenía su cabaña en aquella solitaria islita de cabellos negros y meditaba a diario sobre el motivo piojil de su existencia.
Era un piojo ermitaño, se había recluido, asqueado de la sociedad piojil, harto de sus orgías y excesos. ¡Oh, sí! Lo había visto ya muchas veces. Así lo narra:

Al principio eran solo unos pocos colonos los que llegaban a la cabeza de turno, en los albores de la comunidad. Pero los insensatos muy pronto se reproducían y antes de darse cuenta, legiones de piojos vivían y comerciaban en la nueva y efímera metrópoli. Entonces los días estaban contados, era cuestión de tiempo hasta que el anfitrión tomara consciencia de nosotros y emprendiera el exterminio. Primero atacaba nuestro espacio. Un buen día aparecían naves de metal inmensas en el cielo que depredaban nuestros bosques. Así sin previo aviso, los más jóvenes que, desafortunadamente, trepaban a esas horas las partes más altas, caían al vacío. Algunos lográbamos pegar un buen salto y nos sujetábamos de una rama resistente, entonces bajábamos y corríamos a casa a refugiarnos en nuestros escondites.
Muy pronto todo pasaba, venía la calma y salíamos a las calles a ver en lo que se había convertido nuestra comunidad. Muchos de los nuestros desaparecieron para no volver. Los llorábamos en silencio, conscientes de que ya no había tiempo para lamentarnos.
Segundo movimiento. Inundaciones químicas. Eran días y semanas de continuos embates y derramamientos de líquidos tóxicos sobre los restos de nuestra metrópoli. Para entonces a algunos ya nos parecía suficiente guerra. Durante esas últimas etapas, los más jóvenes de nosotros saltábamos en busca de otros rumbos, viajábamos a nuevas tierras en las cuales poder restaurar nuestra cultura. Atrás dejábamos a los más viejos, a los que habían crecido amando las antiguas tierras y, ante el inminente final, no hacían más que sentarse frente a sus puertas a esperar tranquilos a la muerte.
Nosotros no nos quedábamos para ver eso. Viajábamos, aventureros, emprendedores.


Un buen día yo me descubrí en una joven cabeza. Poca caspa, abundante cabello, las condiciones necesarias para la vida. Me instalé con discreción en una porción de bosque de trópico y viví con humildad. Pero, ¡Oh, qué desgracia! Poco tiempo pasó y descubrí que otra pareja de piojos colonos había descubierto mi nuevo mundo, e incluso que ya habían empezado a reproducirse. Nacían unos tras otros, se multiplicaban en razón geométrica como asquerosas pulgas.
Antes de darme cuenta ya tenía jovenzuelos merodeando de noche por mis tierras. Afortunadamente yo aún conservaba la vitalidad necesaria y salía en las madrugadas a darles caza. Mataba a cuatro o tres por noche, el resto huía. Cuánto me regocijaba con el ejercicio de defender lo que era mío. Lástima que muy pronto me veía superado en número. Cada vez eran más y ya no podía lidiar contra ellos. “Deja de matarnos y vive con nosotros. Enséñanos tu ciencia”. No pasaban muchos días y tenía que verme forzado a compartir mis dominios, a enseñarles a producir, a trabajar y vivir, siempre obligado, nunca por mi propio deseo.
Prosperaban, como siempre lo hacían. Siempre crecen y fundan pequeñas ciudades interconectadas, desarrollan medios de comunicación, arte y diversas manifestaciones culturales. Malditos ellos, se enriquecen y oprimen unos a otros, progresan maravillosamente y se jactan creyendo que reinventan la civilización. No saben que su florecimiento será su tumba. Sus vicios los matarán, sus excesos los borrarán del mapa. Porque al final el anfitrión se da cuenta.

En medio de la noche, en una de esas orgías de celebraciones por el día de San Piojo-Colono-Pionero, fundador ilustre; una extraña y gigantesca máquina aparece en el cielo y con largas placas de queratina remueve los edificios, las junglas tranquilas. Tiemblan todos ellos, sorprendidos en su lujuria y se ven corriendo en medio de la noche al refugio más cercano.
Me largo a la primera oportunidad que tengo, consciente del fin de aquella nueva civilización. Ellos se ríen y me dicen: “Está bien, vete si no nos conoces lo suficiente para darte cuenta de que nos sobrepondremos”. Es cierto, levantarán otra vez sus redes y edificios. Ya tienen incluso obreros trabajando en la reconstrucción del palacio general. Pero yo sé que esto no ha hecho más que comenzar.
Me hubiera gustado quedarme a verlos morir.

Sí, cuántas veces he visto repetirse esta historia. Tengo muchos años piojiles sobre mis espaldas, pero aún conservo la fuerza para vivir, el ímpetu necesario para salir a llenar mis alforjas con alimento y volver al final del día a reposar, sentado bajo el portal de mi cabaña. Estoy aquí en esta cabeza de calvo, autoexiliado, un piojo ermitaño en la lejanía donde no llegan las noticias de los míos. Vivo a mi gusto y en mis propias reglas, con lo justo para sobrevivir, sin hacer ruido, sin llamar la atención del humano.
Solo que cada noche, ¡ay! Cuando me recuesto en mi cama, cuánto añoro el calor de una jovenzuela loca y cariñosa. Pero miro a mi alrededor y me doy cuenta de que no tengo a nadie a más que a mi mismo.
Entonces la desesperación me invade y busco vano placer en la bebida. Agoto mis reservas en la despensa y me quedo inconsciente hasta el otro día.●

Nuestro amigo el piojo despierta una mañana con resaca, tendido en su jardín. Ese día camina sin parar, recto hasta el norte, donde empiezan los cabellos cortos y en formas de duna. Mira al precipicio, a los ojos grandes como mares y a los párpados, pestañeando en milésimas de segundo. Hoy no tiene el valor para saltar, pero yo sé que, abrumado, algún día… algún día.

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sábado, 22 de noviembre de 2008

Perezosonírico...tatai.


No sé ustedes, pero yo amo dormir. Y no es que sea perezoso u holgazán (aunque también me tildan de eso u.u). Es por el simple hecho de soñar, no de dormir en sí, sino soñar. ¿Que cómo hago una diferencia entre esos dos verbos? La verdad no sé, en mi caso está bien difícil, yo que siempre sueño, siempre, siempre; pero he escuchado que es posible. Será, digo, habrá que creer.

Pero todo tiene su precio, y el hecho de que duerma no significa que descanse, aunque duerma horas y horas -ahora que la universidad está de huelga ^^. Tengo una teoría. No es buena, no está confirmada, o quizás sí y no he buscado bien en internet; pero respecto a mí, sólo la experiencia me dicta las siguientes palabras: Soñar cansa, oh sí u.u. He ahí la explicación a mis movimientos lentos y perezosos, disque, y quizás a mi silencio característico. No descanso.


Tengo sueños tan vívidos, de todo tipo, que termino exhausto. Corro de un lado a otro, nado en un lago cristalino, se me cae un diente y lloro de la desesperación. Vuelo encima de un unicornio alado, paso un puente de piedra angosto con una bicicleta, o camino en medio de edificios de cartón. Todo es posible, y todo eso ya me pasó. Y seguirá pasando, porque definitivamente es uno de mis pasatiempos, lo admito. ¿Cómo no voy a adorar mis sueños si siempre son fantásticos y nunca se me vuelven pesadillas? (bueno, casi nunca: he tenido solo 3 pesadillas en mi vida).

Me gustaría encontrar una forma de no agotarme. Me han dicho que soñar mucho significa que tengo angustias por lidiar, preocupaciones que no me dejan tranquilo, que mi cerebro no descansa...Y cuando les digo que siempre he soñado me miran raro y con algo de lástima: pobre chiquillo soñador. ¿Será que mi cerebro nunca descansó? o.o

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