Me quedé, me quedé hasta que me salieron raíces en los pies (metafóricamente) y esperé y esperé hasta que todos los cafés que te hice se enfriaron en mi mesita del té cerca de la ventana. Luego, salí tras de ti. Te llamé por las calles parisinas, en castellano e inglés, y llegué a casa de un amigo en común, donde me dijeron que ya te habías marchado, Claudita.
Fui al herrero y le pedí unos zapatos de hierro. Con ellos hice largos kilómetros. Caminé, caminé hasta que los zapatos se gastaron y me hice otros y éstos también se gastaron (1). Caminé, caminé y el pelo se me hizo pastoso, duro y sucio.
Ahora vengo a encontrarte aquí, donde todo empezó . ¿Por qué después de tanto tiempo hemos vuelto a vernos? Porque, créeme, si estoy de nuevo en casa es porque ya no quise saber de más búsquedas. Vine a descansar.
Dicho esto, Camacho le sirvió un café a Claudita. Se lo dejó en el alféizar de la ventana, al costadito del atardecer, y se marchó a dormir una larga y prolongada siesta, como no la había tenido en muchos años.
La
Al rato, una primera raíz (metafórica) le brotó de la planta de los pies. Atravesó su calzado y dejó un feliz agujero en el parquet de la sala de Camacho.
(1) De Hans, mi pequeño herizo


