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jueves, 27 de mayo de 2010

El retorno de Camacho



Me quedé, me quedé hasta que me salieron raíces en los pies (metafóricamente) y esperé y esperé hasta que todos los cafés que te hice se enfriaron en mi mesita del té cerca de la ventana. Luego, salí tras de ti. Te llamé por las calles parisinas, en castellano e inglés, y llegué a casa de un amigo en común, donde me dijeron que ya te habías marchado, Claudita. 
Fui al herrero y le pedí unos zapatos de hierro. Con ellos hice largos kilómetros. Caminé, caminé hasta que los zapatos se gastaron y me hice otros y éstos también se gastaron (1). Caminé, caminé y el pelo se me hizo pastoso, duro y sucio.
Ahora vengo a encontrarte aquí, donde todo empezó . ¿Por qué después de tanto tiempo hemos vuelto a vernos? Porque, créeme, si estoy de nuevo en casa es porque ya no quise saber de más búsquedas. Vine a descansar.

Dicho esto, Camacho le sirvió un café a Claudita. Se lo dejó en el alféizar de la ventana, al costadito del atardecer, y se marchó a dormir una larga y prolongada siesta, como no la había tenido en muchos años. 
La muchacha mujer bajó el rostro y sollozó en silencio con lágrimas cosmopolitas. No había tenido tiempo de enseñárselas a Camacho. Porque, cuando estaba en todas aquellas ciudades fantásticas, se cansaba de caminar, aunque igual seguía ella por el temor de que la vida se le fuera sin haber hecho algo más que quedarse en un solo sitio. Pero ya no se movería, acababa de tomar la decisión.

Al rato, una primera raíz (metafórica) le brotó de la planta de los pies. Atravesó su calzado y dejó un feliz agujero en el parquet de la sala de Camacho.


(1) De Hans, mi pequeño herizo

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sábado, 27 de febrero de 2010

El vuelo de Camacho

Los que se leyeron la historia de Camacho el otro día, felices. Porque ahora ya no existe. Iván "Chuky" Corcuera la borró, seguro que con la venia de wingerr ¬¬


Afortunadamente la historia sigue, y me acuerdo que era así. Dos meses después de que la mejor amiga, Claudita, se fuera a París y se encontrara conmigo y yo le enseñara lo bonita que es la ciudad, o sea, para pasear y eso, porque de arte ya no mucho, bueno sí, pero artistas que viven de los turistas, te pintan un retrato, te cantan en el metro. Esos no publican, Claudita. Ah, dijo Claudita, pero la filosofía la tienen bien puesta, ¿no? Es lo que vale. Me da igual, le dije. No publican, a menos que sea en myspace o en su blogcito y myspace y blogcitos tiene hasta mi mono. Qué grosero, me dijo. Es lo que hay, respondí. Cretino, me dijo. Es lo que soy, me encogí de hombros. Y se largó. Chau, chau.

Lo malo que compartíamos piso, así que otra vez tuve que colgar por el balcón el letrero de Haggbitagión liggbre (en francés). Y lo curioso fue que al día siguiente se presentó en mi puerta un tipo ojeroso con los cabellos largos y una maleta en la mano. Hablaba rápido rápido, como si me conociera. Y ya se había metido a la cocina a beberse mi champagne cuando caí en la cuenta de que las suelas de sus zapatos estaban agujereadas y pequeñas ramitas salían de los huequitos, metafóricamente hablando. O sea que era Camacho.

El tipo estaba aceleradísimo, se tragó como tres pastillas con el champagne y se quedó dormido sobre el lavatorio. Ya eran las 11 así que antes de irme yo también a dormir lo cubrí con una manta, digo, para que luego no se piensen que uno es malo. A la mañana siguiente me levantó a bofetadas preguntando por ¿Claudita, claudita, claudita? Le dije, relax men, aún son las 12 del medio día. Abofeteándome como loco solo vas a conseguir que te tire por la ventana. Los vecinos se pensarán que fue un crimen pasional y nadie presentará cargos, así que cálmate. Ante lo cual Camacho retrocedió unos pasos hasta sentarse sobre mi diván. Y yo, con reflejos Martín Romañaneros, le dije nooo, sobre mi diván no... ay Octavia de Cádiz... Luego volví en mí y le expliqué la situación. Es decir, Claudita ya se largó. Ante lo cual Camacho se puso bestia, le temblaban las manos, las piernas, todo lo suyo, y fue a darse topes contra la pared. Caracho, me dije. No, contra esa pared no, porque al otro lado vive una vieja como la vieja que era vecina de Martín Romaña, o sea, madame Labru(ja). Y dicho esto, Camacho paró, se puso más nervioso todavía, y me dijo ya pe, hermanito, ayúdame. Mira las plantas de mis pies, me he mutilado las raíces (metafóricamente hablando) para venir hasta aquí y confesarle mi amor a Claudita ¿y ahora resulta que se largó por culpa de un imbécil pendate como tú?
-Más o menos así fue - le contesté.
-Ah...

Camacho, tristísimo, retrocedio otro par de pasos, se recostó contra la pared y se quedó dormido. Lo tapé con una manta. Me metí en la cama y cerré los ojos.

Cuando desperté, el dinosaurio tipo todavía estaba allí.

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